Oh, si, qué haríamos sin esas frases hechas, esas píldoras de sabiduría que nos demuestran lo que sabemos: somos una raza orgullosa del pulgar oponible, pero no tenemos imaginación. Porque, enfrentémoslo: el primero que vio la tormenta, y murmuró: "No importa, llegará la calma" fue un visionario. El segundo, fue copión y el tercero, seguro fue el que generó el gen "Arjona" que hasta la fecha debemos padecer.
A mí las frases hechas siempre me han gustado. En mi familia las tenemos como Vitacilina: en la casa y en la oficina. Las usamos para todo y nos sorprendemos que nos dirijan miradas matadoras cuando las decimos.
Quizá la única excepción era mi tío Gurmesindo, quien conducía un Valiant al que le sonaba todo, menos el claxón y el radio. Fue el primero que me dijo: "mijita, huye de los que se las dan de poetas y te salgan con aquello de "Tantas noches la besé bajo el cielo infinito". Casi siempre usan el amor como pretexto para ponerse unas borracheras brutas, no bailar y hablar como si les estuvieran apretando el colón con la ley Impositiva General".
A mis tiernos 10 años no entendí muy bien. A estas alturas del partido, estoy tentada a levantarle un altar pagano en el Zócalo capitalino.
Total, que después del azote, (el cual invariablemente va acompañado de tequilas y canciones de Lupita D'Alessio, no, no me miren así, cada quién sus perversiones), viene también la calma emocional. Una se da cuenta que ni es para tanto, ni es para siempre. Otra frase hecha, ¿qué quieren? Viene como anillo al dedo.
La fuerza de Emily Brontë, la ironía de Jorge Ibargüengoitia, la belleza de Julio Cortázar, la sutileza de Bioy Casares. Así es... nada de eso está aquí, pero igual se pueden pasar un rato divertido.
martes, 27 de septiembre de 2011
domingo, 4 de septiembre de 2011
Hay un momento...
En que quisiera saber si de verdad estoy haciendo algo de mi vida. ¿Es tan egoísta buscar la trascendencia?, ¿es tan mediocre esperar que el día transcurra sin sobresaltos?, ¿es idealista querer que llegue la noche para dormir sintiendo tu aliento?, ¿es tan triste considerar que algún día llegará el deterioro y la muerte?
A veces me gusta ver las noticias en la noche, para saber que en Australia cumplió su promesa de tener un nuevo día. Saber que la eternidad no empieza un lunes, (al menos, no para los poetas, sino para nosotros, que vivimos en prosa) trae un cierto consuelo. Un poco agridulce, como tomar chocolate con chile o mango con salsa de ají.
También me gusta que llueva los domingos, porque no tengo que imaginarme ardides para emboscar la melancolía; sólo llega y se instala, con la misma rutina con la que llega el día de comprar comida, lavar la ropa o lavarse los dientes.
Toda esta palabrería para decirte que te extraño. Que a veces sueño contigo. Que veo tu rostro afilado de dieciséis años, cuando toda la vida era idealista y una promesa de nuevo día. Pero así es envejecer... ver pasar los años, y considerar que la medianía de la vida consiste en saber que nunca volveremos a ser jóvenes, que la ambición se concreta en no despertar con agruras y recordar que hay un lunes en que empieza la rutina... no la eternidad.
A veces me gusta ver las noticias en la noche, para saber que en Australia cumplió su promesa de tener un nuevo día. Saber que la eternidad no empieza un lunes, (al menos, no para los poetas, sino para nosotros, que vivimos en prosa) trae un cierto consuelo. Un poco agridulce, como tomar chocolate con chile o mango con salsa de ají.
También me gusta que llueva los domingos, porque no tengo que imaginarme ardides para emboscar la melancolía; sólo llega y se instala, con la misma rutina con la que llega el día de comprar comida, lavar la ropa o lavarse los dientes.
Toda esta palabrería para decirte que te extraño. Que a veces sueño contigo. Que veo tu rostro afilado de dieciséis años, cuando toda la vida era idealista y una promesa de nuevo día. Pero así es envejecer... ver pasar los años, y considerar que la medianía de la vida consiste en saber que nunca volveremos a ser jóvenes, que la ambición se concreta en no despertar con agruras y recordar que hay un lunes en que empieza la rutina... no la eternidad.
miércoles, 24 de agosto de 2011
Somos los bárbaros
Vemos por encima del hombro, con una mirada de distante autosatisfacción, a Bogotá, una ciudad que logró reeducarse para andar por la vía pública. Ja! Pusilánimes.
No saben la satisfacción de sucumbir al caos.
No somos París. Caminamos por las calles sin ver. No reconocemos la maravilla, no tenemos capacidad de asombro o abstracción. No sabemos qué es ser una ciudad de los palacios.
Somos los bárbaros. No nos transportamos: nos defendemos unos de otros, con las armas que tengamos a nuestra disposición: desde nuestros 206 huesos hasta los dos mil kilos de hummer con los que nos permitimos pasarnos las luces rojas, ignorar los pitidos de un pobre asalariado o meternos en una calle a la que hemos decidido inaugurar como vía rápida.
Un segundo deja de ser una fracción de tiempo y se convierte en el territorio conquistado. Entre una luz amarilla y otra, que nada se interponga en mi camino, sea señor con bastón, perro correteado o un balón perdido.
No respetamos ni la ley de gravedad. Lo único que puede interponerse en nuestra desenfrenada vía es un bache o un tope, deidades modernas que nos obligan a detenernos; entonces, ¿cómo se atreven a pedirnos que actuemos como si tuviéramos leyes?
¿Por qué me piden, a mí, peatón, el último eslabón de esta impía cadena alimenticia, que cruce por los pasos de cebra, que voltee a ambos lados de la calle, que vaya atento en vez de traer la mente adormecida con la música que me lleva a otra parte?
¿Cómo se atreven a decirme, a mí, dueño de los caminos de concreto, automovilista avezado donde los exista, que deje el teléfono, mandar correos, estar perpetuamente conectado a los otros? Puedo hacer varias cosas a la vez, ¿qué no lo ven? Es mi sentido de fina ironía lo que me salva de caer en el marasmo de la desesperación, ver con autosuficiencia a los jodidos que van por el transporte público, o en bicicletas... ja! Perdedores.
¿Cómo se atreven a decirme a mí, heredero de la cultura ecológica, ciclista que busca recobrar la grandeza de este transporte, que no ande por las banquetas, que tenga cuidado de los peatones, que cubra mi vehículo de luces para ver y ser visto? No entienden que la discreción es mi motivo de vida.
¿No entienden que somos los bárbaros? Hemos sepultado aquello que implicaba ser culto y ciudadano. Nos hemos ganado el derecho de ir por donde nuestro capricho nos lleve. No le debemos nada a nadie.
No saben la satisfacción de sucumbir al caos.
No somos París. Caminamos por las calles sin ver. No reconocemos la maravilla, no tenemos capacidad de asombro o abstracción. No sabemos qué es ser una ciudad de los palacios.
Somos los bárbaros. No nos transportamos: nos defendemos unos de otros, con las armas que tengamos a nuestra disposición: desde nuestros 206 huesos hasta los dos mil kilos de hummer con los que nos permitimos pasarnos las luces rojas, ignorar los pitidos de un pobre asalariado o meternos en una calle a la que hemos decidido inaugurar como vía rápida.
Un segundo deja de ser una fracción de tiempo y se convierte en el territorio conquistado. Entre una luz amarilla y otra, que nada se interponga en mi camino, sea señor con bastón, perro correteado o un balón perdido.
No respetamos ni la ley de gravedad. Lo único que puede interponerse en nuestra desenfrenada vía es un bache o un tope, deidades modernas que nos obligan a detenernos; entonces, ¿cómo se atreven a pedirnos que actuemos como si tuviéramos leyes?
¿Por qué me piden, a mí, peatón, el último eslabón de esta impía cadena alimenticia, que cruce por los pasos de cebra, que voltee a ambos lados de la calle, que vaya atento en vez de traer la mente adormecida con la música que me lleva a otra parte?
¿Cómo se atreven a decirme, a mí, dueño de los caminos de concreto, automovilista avezado donde los exista, que deje el teléfono, mandar correos, estar perpetuamente conectado a los otros? Puedo hacer varias cosas a la vez, ¿qué no lo ven? Es mi sentido de fina ironía lo que me salva de caer en el marasmo de la desesperación, ver con autosuficiencia a los jodidos que van por el transporte público, o en bicicletas... ja! Perdedores.
¿Cómo se atreven a decirme a mí, heredero de la cultura ecológica, ciclista que busca recobrar la grandeza de este transporte, que no ande por las banquetas, que tenga cuidado de los peatones, que cubra mi vehículo de luces para ver y ser visto? No entienden que la discreción es mi motivo de vida.
¿No entienden que somos los bárbaros? Hemos sepultado aquello que implicaba ser culto y ciudadano. Nos hemos ganado el derecho de ir por donde nuestro capricho nos lleve. No le debemos nada a nadie.
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viernes, 15 de julio de 2011
No me puedo traicionar
Y yo quisiera, de verdad, esconderme entre mis propias sombras y traicionar mis más sagrados principios. El primero con el que terminaría sería mi pasado analógico. Olvidar que en la casa de mi niñez no había horno de microondas, control remoto para la tele o que los discos eran LP's (y libré verdaderas batallas campales para tener derecho a "mis" propios gustos musicales, porque para mis padres, la única música escuchable y digna de entrar al sacrosanto hogar era Toña la Negra).
Ahora, me parece tan natural ver el Ipod (mi amor más profundo, después del café), el teléfono celular, ¡Redes sociales!, computadoras que caben en una bolsa.
El problema es que comienzo a desarrollar una bipolaridad preocupante: Mientras una parte mía entra con total desparpajo y naturalidad a abrazar la tecnología, mi yo analógico se asombra: ve esas manifestaciones con reverencial temor y está a tres minutos de empezar a levantar altares paganos para dar gracias por la llegada del e-mail, y poner ofrendas para que el Dios Google no descargue su furia (y además me puede encontrar con Google Maps)
Quizá todo es cuestión de empatía. En cuyo caso estoy frita, porque Google + se mueve en círculos, y claramente, soy un bloque para entenderlo. Así, creo que es imposible nuestro amor...
Ahora, me parece tan natural ver el Ipod (mi amor más profundo, después del café), el teléfono celular, ¡Redes sociales!, computadoras que caben en una bolsa.
El problema es que comienzo a desarrollar una bipolaridad preocupante: Mientras una parte mía entra con total desparpajo y naturalidad a abrazar la tecnología, mi yo analógico se asombra: ve esas manifestaciones con reverencial temor y está a tres minutos de empezar a levantar altares paganos para dar gracias por la llegada del e-mail, y poner ofrendas para que el Dios Google no descargue su furia (y además me puede encontrar con Google Maps)
Quizá todo es cuestión de empatía. En cuyo caso estoy frita, porque Google + se mueve en círculos, y claramente, soy un bloque para entenderlo. Así, creo que es imposible nuestro amor...
miércoles, 29 de junio de 2011
La elegancia del adiós
Sospecho que los únicos besos que me quedan son los de despedida. Flotan en los labios -suaves, inseguros y tímidos - acomodados en la distancia, donde un kilómetro puede anidar un continente.
Hay algo de ternura terminada, de rumbo perdido. No hay nada que anticipe el adiós final. No son besos de andenes de tren, cuando los viajeros se apretujan contra una maleta donde llevan tres mudas de ropa y dos libros. No son tampoco de aeropuertos, antes del primer arco-delsegundoarco-deltercerarco-de seguridad, bajo la mirada recelosa de un policía, nunca suficientemente desconfiado, porque quizá en ese beso hay un gesto oculto, un mensaje que debe ser descifrado.
Mucho menos los adioses de carreteras infinitas.
No, los besos de despedida se pueden dar después de un café, cuando cae despreocupado en la mejilla diciendo "chau, te busco después", o cuando después de un silencio, te das cuenta que las llaves las dejaste en otro saco, o que el horario de la película estaba mal. Hay tantas despedidas, que contarlas sería imposible.
Por eso... a veces, trato de olvidar besarte, para no recordar que nos dijimos adiós hace tanto, tanto tiempo...
Hay algo de ternura terminada, de rumbo perdido. No hay nada que anticipe el adiós final. No son besos de andenes de tren, cuando los viajeros se apretujan contra una maleta donde llevan tres mudas de ropa y dos libros. No son tampoco de aeropuertos, antes del primer arco-delsegundoarco-deltercerarco-de seguridad, bajo la mirada recelosa de un policía, nunca suficientemente desconfiado, porque quizá en ese beso hay un gesto oculto, un mensaje que debe ser descifrado.
Mucho menos los adioses de carreteras infinitas.
No, los besos de despedida se pueden dar después de un café, cuando cae despreocupado en la mejilla diciendo "chau, te busco después", o cuando después de un silencio, te das cuenta que las llaves las dejaste en otro saco, o que el horario de la película estaba mal. Hay tantas despedidas, que contarlas sería imposible.
Por eso... a veces, trato de olvidar besarte, para no recordar que nos dijimos adiós hace tanto, tanto tiempo...
lunes, 27 de junio de 2011
Un problema sin importancia
El problema de ser groupi es el mismo que el malvado de la película: rara vez te quedas con el objeto del deseo.
Echas porras, pones ojos de borrego, nomás falta que tengas un camión de acarreados (ejem, ejem, perdón: de ciudadanos dispuestos a tomar apoyos vehículares para expresar su amistad, qué digo amistad, amor incondicional a un ser humano en quien ven un hermano y guía espiritual), para que al objeto deseado no tenga la menor duda de que realmente, tú y sólo tú, eres capaz de entender la dimensión del milagro que representa.
En mi casa polulan los ejemplos desafortunados sobre ese tipo de historias amorosas. Casi podría decir que provengo de una larga estirpe de solteras pero se prestaría a que más de uno, levante la ceja en señal de desaprobación, (y más de otro salga a querer lavar el honor de la familia, que francamente... ya está bastante más allá de la posible redención. Eso nos pasa por tener nopal genealógico y demasiadas ardillas que se comieron explicaciones que ahora son sospechosas).
En fin, que se me ocurre que nos gusta lo de ser groupis porque es la nueva forma de revivir el romanticisimo decimonónico. Sé que nadie le gustaría morir de tisis, ante los ojos del galán; o salir con una frase del estilo "es que te amo, pero lo nuestro es imposible y por eso me voy a cazar marsupiales al fin del universo".
No, es mucho más elegante poner ojos de borrego y esperar que el objeto del deseo diga "esta chica... tiene potencial". Claro que... en mi caso... me dicen "¿te entró una basurita o por qué me miras así?".
Y no soy la historia más desafortunada. Tenía una tía que era tan, pero tan romántica que siempre estuvo enamorada de su vecinito, porque "le brillaba la mirada", luego supimos que era exceso de sal y murió de hipertensión... Oh, el fin de la poesía
Echas porras, pones ojos de borrego, nomás falta que tengas un camión de acarreados (ejem, ejem, perdón: de ciudadanos dispuestos a tomar apoyos vehículares para expresar su amistad, qué digo amistad, amor incondicional a un ser humano en quien ven un hermano y guía espiritual), para que al objeto deseado no tenga la menor duda de que realmente, tú y sólo tú, eres capaz de entender la dimensión del milagro que representa.
En mi casa polulan los ejemplos desafortunados sobre ese tipo de historias amorosas. Casi podría decir que provengo de una larga estirpe de solteras pero se prestaría a que más de uno, levante la ceja en señal de desaprobación, (y más de otro salga a querer lavar el honor de la familia, que francamente... ya está bastante más allá de la posible redención. Eso nos pasa por tener nopal genealógico y demasiadas ardillas que se comieron explicaciones que ahora son sospechosas).
En fin, que se me ocurre que nos gusta lo de ser groupis porque es la nueva forma de revivir el romanticisimo decimonónico. Sé que nadie le gustaría morir de tisis, ante los ojos del galán; o salir con una frase del estilo "es que te amo, pero lo nuestro es imposible y por eso me voy a cazar marsupiales al fin del universo".
No, es mucho más elegante poner ojos de borrego y esperar que el objeto del deseo diga "esta chica... tiene potencial". Claro que... en mi caso... me dicen "¿te entró una basurita o por qué me miras así?".
Y no soy la historia más desafortunada. Tenía una tía que era tan, pero tan romántica que siempre estuvo enamorada de su vecinito, porque "le brillaba la mirada", luego supimos que era exceso de sal y murió de hipertensión... Oh, el fin de la poesía
viernes, 6 de mayo de 2011
Luces de Navidad
- Entonces, mami... ¿cuál te gusta?
Ella tenía la cara ligeramente redonda, con unos lentes de pasta que llegaban casi a la punta de la nariz chata. Llevaba los labios pintados de rosa suave. Él la sostenía de la mano, como si llevaran muchos años de novios y no más de 15 años de casados. Con una camisa estampada floreada que no alcanzaba a disimular sus gustos por los chicharrones con guacamole y la cerveza.
- La que quieras, papi- contestó sin levantar la mirada de la vitrina. No es por nada, pero me había esmerado mucho en desplegar todas aquellas luces de fiesta en toda su gloria.
- No, mami, la que tú quieras
él le sonrió como si fuera adolescente
- Pues... a mi me gustan las doraditas
Hizo el ademán de sacar la cartera, pero ella lo detuvo con dulzura
- Pero, ¿cuál te gusta a tí, papi?
- Pues las azulitas, para la ventana
- Ay sí, papi... Están muy bonitas, aunque, esa ventana todavía se atasca
- Bueno, mami, sí, pero es por el cortinero
- Sí, papi- ella suspiró mientras yo desconectaba las luces elegidas para envolverlas- pero tú me dijiste que ibas a arreglar el cortinero
- Si, mami... aunque no he tenido tiempo
- Pues no, papi... ¿cómo vas a tener tiempo si estás sentadote viendo la tele?
Dudé en seguir envolviendo las luces
- Bueno, mami, tú tampoco te pierdes la telenovela
- Sí, papi, pero yo al menos aprovecho y plancho mientras la veo
- Bueno, yo no diría... ve nomás, mami, cómo traigo esta camisa
- No me eches la culpa, papi. Estaba bien acomodada en el clóset
- Sí, ahí arrumbada. Igualito que la cocina, mami
- ¿Osea que me estás diciendo, papi?
Yo ya había dejado de envolver. Sentía que mi única obligación era concentrarme profundamente en cómo las series se prendían y se apagaban frente a mis ojos.
- Nada, mami, que a lo mejor podrías ser más dedicada a tu casa.
- Seguro esas ideas te las está metiendo tu madre, papi.
Levanté discretamente los ojos para asegurarme que ella no lloraba
- Mami, sólo digo
- Claro. Seguro que dice que soy una conchuda y no te trato bien, papi; pero tú también me tienes bien abandonada
Ví, a través de la vitrina, cómo se tensaba
- Bueno, mami, es que luego te vas toda la tarde y no sé si andas de cuzca
- Yo no me iría si tú no estuvieras todo el día con tus amigotes, papi
- No les digas así, mami
- Bola de borrachos, mantenidos, papi, ya lo sabes
- Mami, me estás cansando
- Pues, por lo menos ahora ya sabes cómo me siento
Se hizo un silencio. De la nada, empezó a sonar "Blanca Navidad" en una de las series
-Ay papi, ¡mejor nos llevamos esa!
- Tienes razón, mami. A los niños les va a encantar- Y también envuélvanos esa, señorita, por favor.
Ella tenía la cara ligeramente redonda, con unos lentes de pasta que llegaban casi a la punta de la nariz chata. Llevaba los labios pintados de rosa suave. Él la sostenía de la mano, como si llevaran muchos años de novios y no más de 15 años de casados. Con una camisa estampada floreada que no alcanzaba a disimular sus gustos por los chicharrones con guacamole y la cerveza.
- La que quieras, papi- contestó sin levantar la mirada de la vitrina. No es por nada, pero me había esmerado mucho en desplegar todas aquellas luces de fiesta en toda su gloria.
- No, mami, la que tú quieras
él le sonrió como si fuera adolescente
- Pues... a mi me gustan las doraditas
Hizo el ademán de sacar la cartera, pero ella lo detuvo con dulzura
- Pero, ¿cuál te gusta a tí, papi?
- Pues las azulitas, para la ventana
- Ay sí, papi... Están muy bonitas, aunque, esa ventana todavía se atasca
- Bueno, mami, sí, pero es por el cortinero
- Sí, papi- ella suspiró mientras yo desconectaba las luces elegidas para envolverlas- pero tú me dijiste que ibas a arreglar el cortinero
- Si, mami... aunque no he tenido tiempo
- Pues no, papi... ¿cómo vas a tener tiempo si estás sentadote viendo la tele?
Dudé en seguir envolviendo las luces
- Bueno, mami, tú tampoco te pierdes la telenovela
- Sí, papi, pero yo al menos aprovecho y plancho mientras la veo
- Bueno, yo no diría... ve nomás, mami, cómo traigo esta camisa
- No me eches la culpa, papi. Estaba bien acomodada en el clóset
- Sí, ahí arrumbada. Igualito que la cocina, mami
- ¿Osea que me estás diciendo, papi?
Yo ya había dejado de envolver. Sentía que mi única obligación era concentrarme profundamente en cómo las series se prendían y se apagaban frente a mis ojos.
- Nada, mami, que a lo mejor podrías ser más dedicada a tu casa.
- Seguro esas ideas te las está metiendo tu madre, papi.
Levanté discretamente los ojos para asegurarme que ella no lloraba
- Mami, sólo digo
- Claro. Seguro que dice que soy una conchuda y no te trato bien, papi; pero tú también me tienes bien abandonada
Ví, a través de la vitrina, cómo se tensaba
- Bueno, mami, es que luego te vas toda la tarde y no sé si andas de cuzca
- Yo no me iría si tú no estuvieras todo el día con tus amigotes, papi
- No les digas así, mami
- Bola de borrachos, mantenidos, papi, ya lo sabes
- Mami, me estás cansando
- Pues, por lo menos ahora ya sabes cómo me siento
Se hizo un silencio. De la nada, empezó a sonar "Blanca Navidad" en una de las series
-Ay papi, ¡mejor nos llevamos esa!
- Tienes razón, mami. A los niños les va a encantar- Y también envuélvanos esa, señorita, por favor.
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