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jueves, 23 de septiembre de 2010

Artes olvidadas

No me gustan los términos náuticos. El único que me parecía cargado de aventuras era "sotavento", y el que me parecía tener una cierta aura romántica es "sextante". Básicamente soy un ser terrestre y urbano, a quien las estrellas no le revelan el destino, ni los arroyos le cantan o los árboles susurran secretos milenarios.
Pervivo entre edificios que ya dejaron atrás el maquillaje y se uniformaron de gris, las lluvias ácidas y suspiros de automóviles.
No cultivo las artes olvidadadas que requieren paciencia, como limpiar frijol, hacer rompecabezas de diez mil piezas o figuras de origami.
Soy el ángel de la muerte de las plantas. En el corredor de mi casa, las que florecen bajo el amoroso cuidado de las manos de mi madre, me ven con el temor de que me acerque, así que he dejado de lado la ambición bucólica de la jardinería.
Tampoco soy proclive a la vida silvestre, y los canarios me parecen recelosos, así que les correspondo con una educada distancia a los gorjeos con los que deciden romperla rutina de su aburrimiento.
Y sin embargo, hay momentos en que quisiera poderme hacer a la mar, como Ismael, quien en la búsqueda de un momento de solitud, terminó en la obsesión de un capitán por la gran ballena blanca.
Entiendo la obsesión, tengo mi ballena blanca particular que me acecha por las noches, envuelta en las alucinaciones de sueños que no terminan de cuajar, por culpa del café y la ansiedad; pero no tengo mares, ni barcos, ni sotaventos, ni estrellas, ni norte ni brújula que me sitúen sobre algún camino.
Quizá es por eso que bordo enamoramientos esquivos...

miércoles, 7 de julio de 2010

Enloquecer por la luz

Ah, el amor... elusivo, abrasador, ilusionado, entusiasta... para mi abuela, el enamoramiento nos había parecer a todos unos idiotas: iluminados por un faro interno que en vez que avisarnos de peligros, más bien nos aventaba -sin piedad alguna- al abismo.
En mi casa, depende con quién se hable, se tiene una lectura de qué tan bien le ha ido en esa feria.
Para mi tía Argelia, por ejemplo, todo es cuestión de estrategia: definir objetivos y actuar en consecuencia. Cuando habla, entre fumada y fumada, con los ojos entrecerrados y la mirada soñadora en el cielo, uno no se imagina que está ante la versión femenina de Erwin Rommel.
Si al "Zorro del Desierto" se le ha reconocido la rapidez de movimientos, es que no han visto a mi tía decidiendo cómo romper las dudas, miedos, (in)seguridades de ese hombre al que ella ya ha escogido. En un martini cerca el terreno; para el segundo, la plaza ya comienza a parlamentar, negociar trincheras y para el tercero, ya hay acuerdos de rendición.
En cambio, para mi tía Rosario, en el amor todo el fin, destino y viaje es perder la cabeza. Ella es partidaria del flechazo a primera vista, de temblar del ombligo para abajo, dejar el corazón que se desboque, y de ser posible, desbocarlo aún más a golpe de fuete. La filosofía básica es "mientras yo quiera y él se deje, ¿cuál es el problema mijita?". A mí me hace gracia. No me dice a cuántos ha amado, pero me gusta su sonrisa coqueta, misteriosa; el brillo en esas pupilas donde tanto (o quizá, muy pocos) se han visto reflejados, y se han sonreído, y la han besado en los quicios de las despedidas.
Quién me da un poco de penita es mi prima Fulgencia. Para ella, el amor es un invento de la maquinaria capitalista, (le gusta darse algunos airecillos y decir esas frases de que el café y la vida deben ser amargos). A ella sólo la ví una vez profundamente iluminada, permiténdose la debilidad de recitar poemas de Sabines y susurrar canciones de Silvio.
Supongo que él no compartió mucho, porque la luz se apagó violentamente... y ella, supongo, no quiso o no supo sobreponerse.
Yo no tengo claro cuál es mi lectura. A veces quisiera que todo fuera cierto: los gritos de Jorge Negrete diciendo "Te quieeeeeeero, y quiero que sepas que te quieeeeeeeeeeeeero", las cartas, los romances, la desestructuración total... y a veces, quisiera que nada fuera cierto, y que en realidad, no es el amor lo que nos condiciona, sino las neuronas, los duelos reales o imaginarios que aún cargamos.
Ya pasé por esperar como Penélope y aún no llego al odio de Medea. Espero, que la realidad no sea tan dura; me regale un sorbito de esa luz, sin llevarme a los peñascos...

domingo, 13 de junio de 2010

Las lágrimas de rigor

Creo que hay momentos en la vida en que son indispensables diez minutos de lágrimas. Por regla general, tenemos aversión a esa forma hídrica en que las emociones se materializan, por muy familiarizados que estemos con su presencia.
En mi casa somos tremendamente chillones (de ellas lo espero un poco más que de ellos, que se la dan de hombres recios, con Pedro Infante como modelo a seguir).
Lloramos en las bodas y en los funerales, al despedir a alguien en el aeropuerto y cuando mi hermano viene de vacaciones, en los bautizos y en los XV años (bueno, después de lo malo que suelen ser los discursos sobre la "joven flor que ahora se ha convertido en una mujer", el milagro es que no nos saquen a patadas), en las graduaciones y en las doce campanadas de nuevo año.
Las lágrimas son cotidianas en esta familia. De gozo y de pena. Por solidaridad con un personaje de novela (Víctor Hugo y sus Miserables hicieron estragos en los pañuelos desechables de esta casa y también por compartir un mal rato.
Sin embargo, no por lo constante quiera decir que ya ni reaccionamos. Cuando peor lo paso es cuando veo asomarse un atisbo de llanto en mi mamá.
- ¿Qué tienes, qué te pasa?
- Nada, hija, nada. Bueno, ¿es que no se puede llorar a gusto en esta casa?- y se va con un suspiro que envidiaría Marga López en sus buenas películas.
Ah bueno, así por las buenas, con una explicación tan lógica, pues ni quién diga nada.
Me desarman también las lágrimas de las amigas, donde las penas son diversas y van desde la frustración de un amor que no llega (igualito que los goles de la selección...mmmhhhh, quizá nosotras también deberíamos hacer sandwich), por un mal día en el trabajo, porque uno se siente terriblemente desamparado ante la vida.
Uno acoge esas lágrimas con lo más emocional, con los abrazos y con la promesa de que todo irá mejor.
Y así como hay lágrimas que han llegado de lo más emocional, también tengo las terriblemente racionales y lógicas, y no, caballeros, no hablo del hipotético chantaje del que se sienten objeto cada vez que se nos agüitan los ojos. Hay lágrimas donde la justicia poética del momento, las demanda, como en una ocasión donde -literalmente- ví cómo me dejaba un tren. Fue tal mi frustración que decidí, con toda conciencia, regalarme cinco minutos de llanto. Respiré y procedí a cambiar mis boletos.
¡Ay filosofía, cuántas cosas hacemos en tu nombre!

jueves, 23 de julio de 2009

Miénteme, miénteme que algo queda

Antes veía las series de televisión para distraerme de la cruda realidad. Ahora las veo para obsesionarme. ¿El caso más reciente?: "Miénteme" (Lie to Me) La trama es lo de menos (un grupo de investigadores que se dedican a desenmascarar, con puro método científico, las mentiras de los demás), pero no puedo dejar de pensar en un dato que dieron (y, aparentemente, real): en una conversación de diez minutos, una persona dice en promedio tres mentiras.

No hablamos de estafadores, ladrones, y no, tampoco de políticos profesionales (lo siento, pero esa profesión está muy desprestigiada): conversaciones normales, las que sostenemos día a día en nuestros círculos, cercanos o lejanos, pero -eventualmente- con gente a quienes no tendríamos a quienes mentir... o al menos, no demasiado. Llevo días con la duda: ¿sobre qué tanto podemos mentir?, ¿de qué queremos mentir?, ¿y a quién le mentimos tanto?

Seguro tendremos las mentiras cotidianas, las que nos decimos a nosotros mismos ("pues no, no me veo tan gorda con este vestido"), y las que decimos que son "verdades a medias" porque en realidad, son para no lastimar a alguien, y que pueden abarcar desde el consabido éxito taquillero: "no eres tú, soy yo" hasta la siempre adorable excusa: "mamá, voy al cine y me voy a tardar, no sé a qué hora voy a regresar" o, la que hemos dicho en alguna Navidad o cumpleaños: "me encantó el sueter verde limón".

Por supuesto que hay mentiras que nos dicen y estamos dispuestos a creer: "nadie me ha hecho sentir como tú", "te amaré toda la vida", e incluso las más perversas o trilladas, del estilo: "es que mi mujer no me entiende, en cambio, contigo es tan distinto".

Además, están las mentiras laborales, las que decimos porque puede estar en peligro nuestra sobrevivencia o porque es la marca de cualquier burocracia que se respete y que pueden condensarse en dos grandes vertientes: "el licenciado no está", y el siempre presto: "me da mucha pena no poder ayudarle, pero ya ve cómo son estos trámites".

Una de mis favoritas es la que escuché en el metrobus: "te juro que estoy aquí abajo, esperando que llegue el elevador", y todos dirigimos una sesgada mirada de reproche al emisor de tan bonito mensaje, quien todavía se bajó 3 ó 4 paradas después de aquella aseveración.

Ahora, quizá en México veamos con mayor naturalidad estas mentiras o medias verdades porque también es más permisivo nuestro límite entre la ficción y la realidad, una frontera que no siempre está clara, y que nos regala imágenes delirantes de un camión lleno de gallinas atorado o volcado en carretera, helicópteros que caen enmedio de avenidas, caballos que corren desbocados hasta estrellarse con un taxi, elefantes que se fugan del circo y terminan en medio de una carretera, manifestaciones públicas a favor o en contra de alguna justa causa social y que deja a una marea detenida de automovilistas durante ocho horas...

¿Qué hacer entonces?, ¿será cierto lo que decía Jack Nicholson en "Cuestión de Honor"?: "¿La verdad?, ¡Ustedes no pueden manejar la verdad!" El problema es que el último que se fugo a la tierra de Nunca Jamás, no le fue precisamente bien... Quizá por eso la realidad deba venir mejor en pequeñas dosis.