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lunes, 19 de marzo de 2012

La pertinencia de los cambios

Ah... La primavera. El amor joven, los escotes generosos, los brazos tostados por el sol, la visión del tatuaje que mi cobardía impide tener en mi propia piel.
Me gustan las jacarandas con sus flores lilas, la promesa de las mañanas cálidas, la pereza de las tardes color sepia.
Por alguna perversa razón, cuando ocurre todo esto, no puedo dejar de acordarme de las aulas universitarias, y aún más, de aquel inmenso, rotundo profesor a quien apodábamos "el gordo" (si, así de imaginativos éramos) que nos hablaba de la pertinencia de los cambios: pasar de mesa a masa, decía, era un cambio pertinente, una vocal que dotaba de todo un sentido nuevo a la palabra.
¿Así serán las relaciones?, ¿cambiar de escenario, de persona, nos hace entrar a una nueva dimensión semántica?, ¿somos también la suma de quienes nos acompañan y a quienes acompañamos?
Ah... la pertinencia, amor mío. Pienso tanto en eso porque quizá pienso también mucho en tí, en lo que somos y no somos, en lo que pudimos y no seremos; en que somos una vocal en dos palabras distintas, y por lo tanto, lo único que nos cobija es que casi contamos con las mismas letras, pero designamos cosas totalmente diferentes.
Odiamos la idea de ser sustituidos, pero nos encanta sustituir a quien nos hirió. Levantamos los hombros, desdeñamos al amante pasado y nos refugiamos en ese mantra que todos los ardidos del mundo hemos dicho alguna vez: "un clavo saca a otro clavo".
Nos esforzamos en que todo parezca natural, tranquilo, liviano. A veces miramos una sombra de la otra palabra, a la que dotamos de un sentido distinto con nuestra pertinencia, para negar con la cabeza y negar el pasado.
Por eso me gusta la primavera, porque todo parece que se renueva. Y siempre nos sorprende la misma visión de las jacarandas, como si no hubieran estado, desnudas en su tronco, frente a nuestros ojos durante todo un invierno, cuando paseábamos por las calles, defendiéndonos del frío.

lunes, 12 de diciembre de 2011

¿qué tienes?... "nada"

- No, hija. Los hombres pueden tener muchos defectos, pero al menos cuando les preguntas qué tienes, no te contestan "nada". Ni a mi madre le aguantaba esas respuestas- mi tía Galatea sorbía su mezcal y me dirigía una sonrisa cómplice.
No sé si lo decía en serio o sólo para reafirmar su posición de mujer liberada frente a los ojos de mi abuela. Bueno, en mi casa, tomar el café sin azúcar ni leche ya basta para ser tildado de izquierdoso, y usar escote para que se levante la ceja de forma reprobatoria.
Así que caballeros, sepan que lo sabemos: nos damos por enteradas de su desesperación cuando nos preguntan "¿Qué tienes?" y contestamos con esa palabra que ni el propio Sartre sospechaba de la dimensión que puede alcanzar en los labios de una mujer. "Nada", acompañada, invariablemente, de una mirada al vacío y brazos cruzados.
¿Por qué contestamos así? Ah, esa es la belleza de todo esto: los sentimientos no son democráticos: son una profunda dictadura. Y el silencio es el camino seguro al Gulag sentimental. Con la suerte que hay boleto de regreso (algunas veces).
Y aún en la peor de las dictaduras, hay señales muy claras. Al menos, conmigo: cuando estoy entusiasmada por un prospecto romántico, me acuerdo de versos y poetas a la menor provocación y dejo de buscar compasivamente chocolate. Y cuando la cosa no funciona, se me acentúan las ojeras y empiezo a hablar del riesgo del invierno nuclear (y claro... contesto "nada" cuando me preguntan qué pasa).
Para mi tía Galatea lo peor de traer el corazón maltratado (roto no... afortunadamente) es que cada vez se vuelve más resistente y menos propenso a dejarse sorprender.
- A ver hija, la cosa es muy fácil. No son promesas de campaña: que se mantengan el contacto, expresen su afecto y demuestren que eres importante. Y acuérdate que todos los hombres tienen un Jorge Negrete en modalidad intensa, porque se les olvida que el charro, lo que sea de cada quien, al menos le cantaba a la muchacha que le gustaba. Así que usted no sea como Marga López: nada de llorar en lo oscurito, y por favor, no quiero respuestas de "nada".
Juro que estoy tratando, pero es tan difícil quitarnos lo que está en nuestra naturaleza.

domingo, 11 de diciembre de 2011

El labio herido

Ojalá supiera fumar, para equilibrar el cigarro y envolverme en una nube de humo, mientras entrecierro los ojos y miras la cicatriz, apenas visible, en el labio inferior. Es pequeña, como si la hubiera causado el filo de unos dientes al final de un beso, o como si hubiera resbalado suavemente el peso de una navaja en el lado equivocado.
Tendrías que mirar con mucha atención para ver la casi imperceptible grieta sobre la piel. No es dramática como aquella vez que me caí en la calle y me dolió el orgullo porque me había raspado las rodillas como una niña de ocho años, y tú me consolaste con un helado (sí, Freud tendría mucho qué comentar). O como aquella vez que te quemaste con mantequilla caliente y el ámpula te duro casi tres semanas y yo me sentía culpable por comer pan francés en las mañanas.
Veo mi reflejo en el espejo matutino. Las ojeras cada vez más profundas, los ojos más cansados de su miopía, y esa pequeña herida un poco más roja que el resto de la piel.
Me gusta creer que me da un aire de mujer peligrosa. Por un segundo supongo que un asesino que sonríe por primera vez, y se encuentra con un breve dolor que le causa un poco de sorpresa y otro poco de frustración por darse cuenta que algo tan banal, tan inocente como una mueca amigable, pueda causar una herida inadvertida para el resto, aunque deja un suave rastro de sangre en forma de corazón sobre el pañuelo con el que te dije adiós...

martes, 27 de septiembre de 2011

Después de la tormenta

Oh, si, qué haríamos sin esas frases hechas, esas píldoras de sabiduría que nos demuestran lo que sabemos: somos una raza orgullosa del pulgar oponible, pero no tenemos imaginación. Porque, enfrentémoslo: el primero que vio la tormenta, y murmuró: "No importa, llegará la calma" fue un visionario. El segundo, fue copión y el tercero, seguro fue el que generó el gen "Arjona" que hasta la fecha debemos padecer.
A mí las frases hechas siempre me han gustado. En mi familia las tenemos como Vitacilina: en la casa y en la oficina. Las usamos para todo y nos sorprendemos que nos dirijan miradas matadoras cuando las decimos.
Quizá la única excepción era mi tío Gurmesindo, quien conducía un Valiant al que le sonaba todo, menos el claxón y el radio. Fue el primero que me dijo: "mijita, huye de los que se las dan de poetas y te salgan con aquello de "Tantas noches la besé bajo el cielo infinito". Casi siempre usan el amor como pretexto para ponerse unas borracheras brutas, no bailar y hablar como si les estuvieran apretando el colón con la ley Impositiva General".
A mis tiernos 10 años no entendí muy bien. A estas alturas del partido, estoy tentada a levantarle un altar pagano en el Zócalo capitalino.
Total, que después del azote, (el cual invariablemente va acompañado de tequilas y canciones de Lupita D'Alessio, no, no me miren así, cada quién sus perversiones), viene también la calma emocional. Una se da cuenta que ni es para tanto, ni es para siempre. Otra frase hecha, ¿qué quieren? Viene como anillo al dedo.

miércoles, 29 de junio de 2011

La elegancia del adiós

Sospecho que los únicos besos que me quedan son los de despedida. Flotan en los labios -suaves, inseguros y tímidos - acomodados en la distancia, donde un kilómetro puede anidar un continente.
Hay algo de ternura terminada, de rumbo perdido. No hay nada que anticipe el adiós final. No son besos de andenes de tren, cuando los viajeros se apretujan contra una maleta donde llevan tres mudas de ropa y dos libros. No son tampoco de aeropuertos, antes del primer arco-delsegundoarco-deltercerarco-de seguridad, bajo la mirada recelosa de un policía, nunca suficientemente desconfiado, porque quizá en ese beso hay un gesto oculto, un mensaje que debe ser descifrado.
Mucho menos los adioses de carreteras infinitas.
No, los besos de despedida se pueden dar después de un café, cuando cae despreocupado en la mejilla diciendo "chau, te busco después", o cuando después de un silencio, te das cuenta que las llaves las dejaste en otro saco, o que el horario de la película estaba mal. Hay tantas despedidas, que contarlas sería imposible.
Por eso... a veces, trato de olvidar besarte, para no recordar que nos dijimos adiós hace tanto, tanto tiempo...

lunes, 27 de junio de 2011

Un problema sin importancia

El problema de ser groupi es el mismo que el malvado de la película: rara vez te quedas con el objeto del deseo.

Echas porras, pones ojos de borrego, nomás falta que tengas un camión de acarreados (ejem, ejem, perdón: de ciudadanos dispuestos a tomar apoyos vehículares para expresar su amistad, qué digo amistad, amor incondicional a un ser humano en quien ven un hermano y guía espiritual), para que al objeto deseado no tenga la menor duda de que realmente, tú y sólo tú, eres capaz de entender la dimensión del milagro que representa.

En mi casa polulan los ejemplos desafortunados sobre ese tipo de historias amorosas. Casi podría decir que provengo de una larga estirpe de solteras pero se prestaría a que más de uno, levante la ceja en señal de desaprobación, (y más de otro salga a querer lavar el honor de la familia, que francamente... ya está bastante más allá de la posible redención. Eso nos pasa por tener nopal genealógico y demasiadas ardillas que se comieron explicaciones que ahora son sospechosas).

En fin, que se me ocurre que nos gusta lo de ser groupis porque es la nueva forma de revivir el romanticisimo decimonónico. Sé que nadie le gustaría morir de tisis, ante los ojos del galán; o salir con una frase del estilo "es que te amo, pero lo nuestro es imposible y por eso me voy a cazar marsupiales al fin del universo".

No, es mucho más elegante poner ojos de borrego y esperar que el objeto del deseo diga "esta chica... tiene potencial". Claro que... en mi caso... me dicen "¿te entró una basurita o por qué me miras así?".

Y no soy la historia más desafortunada. Tenía una tía que era tan, pero tan romántica que siempre estuvo enamorada de su vecinito, porque "le brillaba la mirada", luego supimos que era exceso de sal y murió de hipertensión... Oh, el fin de la poesía

jueves, 28 de abril de 2011

La piel de los días

Hay días en que me gustaría que la piel de los días se dejara estremecer por el deseo. En la pureza total del desamparo. Sin barreras, sin defensas, sin racionio. El deseo en su forma más orgánica, más perfecta. Ese rugido que deja sordo a los relámpagos. Esa fuerza que hace que naufragen los tornados.
Rezo por encontrar de nuevo ese deseo, amor mío, que tú te llevaste. Pero los ángeles no entienden de ese Grial. Entienden de las espadas flamígeras y el peso de la justicia divina. Dar una sentencia implica reconocer lo bueno de lo malo. En eso el deseo es objetivo: devora a su paso, concluye en cenizas.
Quizá eso es lo que hace que el tiempo sea tan ajeno y tan propio. Cercano a nuestra propia vida, creyendo que lo entendemos porque formulamos teorías, como cartas de navegación de una tierra plana.
Qué importa amor mío, que no haya quién escuche las plegarias. No sé qué pidas, desde tu frontera. Sé que no pido no haberte conocido. No tener, ni siquiera una sugerencia de que convivimos bajo un mismo cielo (o giramos en la misma rueda). Qué importa si la suma de tus decisiones te llevaron a otro infierno distinto al mío...

viernes, 25 de febrero de 2011

Demasiado sospechoso

En la soltería, hay un momento en que todos te quieren presentar a alguien; y otro, donde le pides a todos tus conocidos, si tienen a alguien para presentarte.
El problema es cuando las respuestas comienzan a ser terriblemente predecibles. Pasamos del "tengo un amigo que se muere por conocerte" al "No, ya todos están casados", "no, no sabes los problemas que tiene", "bueno, conozco a alguien, pero lleva seis meses sin trabajo".
Soy una creyente de que todo llega en su momento preciso; y en algo tan azaroso como los sentimientos no hay nada escrito. A las pruebas me remito: aquella vez en que iba -tarde, para no perder esa mexicanísima costumbre- en un taxi.
El conductor le echo brava a dos conductores, se dio un cerrón y dio una vuelta prohibida, para después empezar la conversación de la forma más casual "sí, yo me casé con mi chava hace seis meses. La conocí en el psiquiátrico, justo después de salir de la cárcel".
Por si tenían duda si soy cobarde: lo soy. Me bajé en la siguiente esquina, a 20 cuadras de mi destino.
Afortunadamente, nadie ha querido presentarme al primo de algún amigo que sea diputado, quiera asilo político o escuche voces; sin embargo, me parece sospechosa tanta coincidencia en las respuestas que recibo.
Sospechosista como soy (jamás dejaré de agradecerle a Santiago Creel que nos regalara tan bonito y enfático verbo) empiezo a considerar que en esta situación, ahora estoy en la otra frontera; y mis amigos, que me quieren a pesar de conocerme, dirán "si conozco a alguien, pero... está re-loca". Confiesen, anden.

miércoles, 16 de febrero de 2011

cuando nada nos une

Amor mío. Estás tan lejos de mis palabras. No hay camino con el que pueda alcanzarte, porque yo misma te exilié de los recuerdos.
Amor mío, ¿qué hay que nos una, cuando no tenemos nada? Eres mi patria más extraña, mi memoria más perdida, el pulso de mis sueños, aún los que me despiertan en angustia.
Quisiera atraerte, amor mío, con la fuerza de las palabras, la pureza del deseo. La experiencia nos muestra que no hay llama que temple más que las promesas; por eso juramos por lo eterno y lo sagrado, nosotros, que no podemos ver sangre porque palidecemos; nosotros, los que jamás nos hemos dicho en voz alta, porque tememos de nuestra propia voz.
Si tan solo pudiera dar ese paso definitivo para buscarte, pero, ay amor mío, sólo me ha sido concedido extrañarte desde la imaginación, el único territorio donde puedo convocar tu fantasma. Si tan sólo esos besos fueran reales...

lunes, 14 de febrero de 2011

El no-reencuentro

Fue un sueño raro. Sin la belleza de la cámara lenta o el dramatismo del cielo rojo.
Estabas sentado frente a mí, como tantas veces. Nada en particular, como una puesta en escena, dos actores esperando se levante el telón (o baje, todo depende de qué lado del tiempo nos situamos).
Nada había, ninguna pista para adivinar el siguiente paso. Tal como ocurrió entre nosotros.
La normalidad es terriblemente cotidiana y por eso cuenta tanto trabajo entender cuando se interrupe. Quienes vivimos en países sísmicos entendemos ese terror cuando la realidad se resquebraja. Tratamos de aferrarnos a la calma y a la rutina posterior. Las banquetas rotas, cables caídos, todo lo vemos con cierta curiosidad y distancia, convenciéndonos de que es algo anecdótico, un lunar en la agenda, algo interpuesto en nuestra cita de las tres de la tarde.
Es tan molesto que la realidad se interrumpa. Nos deja la misma sensación de sorpresa de encontrar arañas en el frasco de galletas, elefantes a la mitad de una autopista o las llaves adentro del refrigerador.
Nos congratulamos de nuestro cerebro, y se nos olvida de lo que es capaz: dejarnos a oscuras, sin velas ni cerillos.
A mí me tomó tres días entender que no te volvería a ver. Soñar contigo no cuenta como reencuentro. Fue una arbitrariedad de la cotidianidad ya libre de tí.

miércoles, 19 de enero de 2011

Dos puntos y cierre de paréntesis

¿Qué más da? En este universo posmoderno, lo único real es hablar al vacío. Enviamos mensajes, soltamos verdades, exorcizamos nuestras obsesiones. No es distinto de lo que tú y yo hacemos, mirándonos a los ojos y fingiendo que vemos cómo hierve el agua para el té.
- "Llueve"
- "Sí, y hace algo de frío"
Te levantas. Te pones la bufanda. Miras atrás por un momento
- Te quiero- dices mientras miras el calendario - Hoy viene el del gas. Dejé el dinero en la mesa
- Te quiero- respondo, mientras termino de acomodar los platos en su lugar y vigilo que el gato deje en paz al único canario que ha sobrevivido al invierno.
A lo largo del día a día, intercambiamos caritas sorprendidas, caritas felices, pulgares hacia arriba, pulgares hacia abajo, osos que se abrazan, iconos de hulk... No es de extrañar que cuando firmamos el divorcio, en una esquina del papel, casi sin que nadie lo viera, sucumbiéramos a dejar en letras pequeñas "unfollow..."

martes, 18 de enero de 2011

Al final... todo es cuestión de peso

En mi casa, todas las discusiones tiene origen y fin en el peso: desde 21 gramos del alma hasta las 16 toneladas que mi abuelo canturreaba de forma desafinada (pero él decía que era igualito a Alberto Vázquez. Más que duro de oído, mi abuelo era muy optimista).
No es de extrañar entonces que tenga tanto cariño por el peso liviano del sueño de domingo que se niega a abandonar la cama, aún cuando la casa huele ya a café recién hecho y la almoahada aún tiene la huella de mis preocupaciones. El cobertor todavía tibio y el periódico que espera, indolente, a ser desplegado (creo que tiene menos esperanzas en ser leído).
A veces, claro, está el peso de tu recuerdo, pero tampoco fue tan definitivo como para dejar una huella imborrable. Dos besos y un adiós apresurado no alcanzan a hacer mella en una memoria acostumbrada a forjar en fuego.
Está, en cambio, el peso de la melancolía en las horas que transcurren sin ningún propósito particular. Una melancolía certera y mordaz, que susurra en mi oído, las mentiras que nos decimos en algún momento cuando usamos el "nunca" con la esperanza secreta de que fuera un "quizá". Una melancolía tan tenue como perniciosa; disfrazada con el peso de la ingravidez para echar raíces y alcanzar dimensiones amazónicas.
Entonces, siento el peso de cada día que no has estado conmigo. Y sopeso los jamás y los ojalá...

jueves, 6 de enero de 2011

El vicio de la paciencia

Hay gente que hace Sudokus; se sabe las películas de 1940 o memoriza equipos de segunda división de Australia. Y está ****, cuyo principal vicio es consumir historias.
Empezó inocentemente (todos los vicios empiezan igual, o quizá, es que los viciosos no tiene imaginación y siempre inician sus historias con el consabido "no sabía en lo que me metía).
Sin embargo, las historias están tan disponibles como el café, la nicotina y otros mucho menos legales.
Uno de los principales atractivos es que siempre hay proveedores: desde la crónica personal y no necesariamente inocente del taxista divorciado, en pleno romance con una amiga de años, quien se aprovechó de su momentánea vulnerabilidad para encaminarlo, por estas calles de la capital, a un motel con una cierta sombra de sordidez, debido - quizá - al tono, o por la sonrisa que trata de ser cómplice, o porque hay cierta pretensión de motivo ulterior; o aquella otra contada por una voz templada en la indiferencia: "¿esta cicatriz? Es una puñalada que me dio mi marido por celos. Me dieron 15 puntos. ¿Si todavía sigo casada? Pues no, después de esto, empacó sus cosas y me dejó, aunque a veces regresa".
Pero como todo coleccionista y vicioso, no sólo es encontrar historias... si no encontrar algo que valga la pena.
Un buen método es dejar que las palabras vaguen un poco y se vayan acomodando en la comisura de los labios. "Un poco triste, quizá porque así es la vida de miserable", comenzó a decir aquella mujer que no entendía el concepto de que alguien no tuviera dinero para una lata de sopa. Sin embargo, desconfió cuando la vio mover la cabeza con pesadumbre fingida "pero a todo se acostumbra una". En ese momento perdió el interés. Sabía que vendría una larga retahíla de lugares comunes, inspirados por libros de autoayuda, películas de Hallmark channel o aquellas novelitas insulsas donde todas las mujeres tienen cabello color trigo, ojos color del tiempo y senos turgentes.
"No la detesto. Simplemente no aguanto esa expresión bovina que pone cuando se sirve el café". He ahí un inicio prometedor. Trató de acercarse con suavidad al hombre, pero quizá hubo un movimiento demasiado brusco y el posible narrador, guardó silencio.
Ahora mismo trata de perfeccionar su técnica. Las buenas historias son volátiles y requieren de mucha paciencia.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Cartas desde el olvido

No tengo paciencia para aprender a amarte de nuevo. No importa cuán violento haya sido el vendaval, cuántas noche vele armas de deseo. Puedes constatar por tí mismo: ya no hay recuerdos. Puse cruces de cal para que no volvieran a instalarse, atraídos por el calor de la memoria o la imprudencia de una súbita llamada.
¿De verdad creías que podía ser como Penélope? No, amor mío. No estoy hecha de esa sustancia misteriosa que tiene sus cimientos en la fe para dar un salto a ciegas; escuchar los exhortos en las horas de duermevela para deshacer lo tejido el día previo, porque encontraremos la recompensa a esta virtud.
Tampoco comparto con Odiseo esa añoranza por el hogar. No amor mío. No eres Itaca: eres Naxos y yo tengo el corazón ingrato de Teseo...
Ay amor mío, tengo el corazón liviano porque ya me he quedado vacía de versos, ya no tengo besos escondidos en los labios, ni urgencia por tí.
¿Todavía dudas que me pueda ir, con pesar, pero sin volver la vista atrás?, ¿Desconfías porque escuchas estas palabras? Cuán equivocados podemos estar: las cartas desde el olvido sólo se reciben una vez, y no hay remitente a quién contestar...

jueves, 7 de octubre de 2010

De colecciones y otras manías

Hay gente que colecciona figuritas de madera, hipopótamos de cerámica, unicornios de hojas de maíz o rompecabezas de puentes.
Hay quienes aman la filatelia y son capaces de demostrarnos cómo los lugares más recónditos tienen servicio de correo; otros se decantan por la numismática y están seguros de ser los únicos de poder transitar por la laguna Estigia, gracias a dos denarios de probada herencia helénica.
Para mí, desorganizada en mis recuerdos y sin mucha disciplina, lo único para lo que he tenido paciencia es para coleccionar formas de exorcizar tristezas.
No es fácil. La tristeza es peor que la humedad. Está la que se filtra, gota a gota, se congela y de repente, sin venir a cuento, rompe una tubería de la que la memoria ni siquiera tenía presente.
En otras ocasiones, es como el polvo, y va dejando una fina capa, que acaba con el brillo de los muebles, y cuando nos damos cuenta, tiene el peso de toda una capa geológica.
En mi experiencia, la tristeza más difícil es la sepia, la que entra con luz dorada de todo tiempo fue mejor, aún cuando siempre hay almas caritativas que nos abren las cortinas y nos dicen: "¿estás loca?, ¿ya se te olvidó cuando te gritaba?, ¿que no te acuerdas que una vez te jaloneó frente a la tía Edelmira?" Y uno, perdido en la ensoñación, sólo puede evocar el color pardo de aquellos ojos.
Pero la tristeza no es una plaga, y exorcizarla tampco tiene que ver con la fe. Es más un acto amoroso. En mi colección tengo cucharadas del helado, lágrimas en el cine, carreras de 10 kilómetros, poesía de Calderón de la Barca, un gesto de adiós que él nunca vio pero que yo guardé en mi bolso. Tengo tazas de té negro con leche y miel, estrellas de madrugada, zapatos de tacón, noches de falsas fiestas y pestañas postizas.
También hay hombros de amigos, cartas que nunca se mandan (al resguardo de los filatelistas), palabras que se dijeron y palabras que nunca debieron decirse. La parte más rara es una ira ahogada y dos citas en latín.
A veces me tranquiliza, pero la mayoría de las veces, me inquieta tener este pasatiempo. Quizá debí haber hecho caso a mi abuela y seguir coleccionando elefantes de felpa o teteras japonesas...

miércoles, 6 de octubre de 2010

ella, la del otro lado

Hay uno o dos momentos a lo largo del día en que supongo que mi alter ego se lo pasa bastante mejor que yo en la vida cotidiana.
Para empezar nuestras batallas son distintas: ella, la otra, la del mundo alterno, salta de la cama para salir a correr, disfrutando el frío de la mañana -soy un ser tropical, una temperatura menor a 25 grados centígrados se considera inicio de una nevada-; por lo que trato de hundirme en la ilusión de que cinco minutos son eternos y puedo quedarme bajo el peso de las cobijas, en un cómodo limbo del que me sacan el despertador, las obligaciones y la voz de comando que dice "levántate. Ya empezó el día. Hay que ser productivos. Hay que trabajar".
Ella, dichosa, como es disciplinada, no tiene la lucha diaria con la báscula; mientras que yo observo con sospecha y miedo a ese artefacto que me dice, sin piedad alguna, que la galleta cubierta de chocolate a la que no opuse la menor resistencia, habita en mi ser.
A veces, tengo celos de esa mujer que estoy segura es mucho más aventurera que yo, y se sabe manejar con más soltura, con sus largos tacones y enfundada en medias negras, caminando por las calles de la muy noble y leal ciudad de México, como si la tuviera escriturada a su nombre, desde tiempos inmemoriales; mientras que yo, a veces, me siento un poco frágil entre tanto coche y tanto claxón; no sé cómo lidiar con la frustración cotidiana de que me cuadren las cuentas, o que el objeto de mis (castos, aclaro) deseos, no se dé por aludido; o peor aún, se dé por aludido pero no le importe.
Y aunque veo a esa mujer tan distinta a mí, supongo que nos hermana la ternura, la debilidad porque nos envíen flores, la pudorosa coquetería y esa mirada tan femenina con la que nos evaluamos como si tuviéramos, siempre, un punto en contra.
En fin, supongo, a veces por consuelo, que ella también envidia esa porción de felicidad real, sin marketing, ni marcas ni envoltorios; tan humana que a veces la valoramos como calderilla que nos queda en los bolsillos del abrigo, y la sentimos tan poca cosa que ni siquiera la pensamos...

lunes, 4 de octubre de 2010

El mundo es lo que decimos

Creer ciegamente en las palabras es el verdadero desafío a la divinidad. Creemos que nombrar basta para crear. Y vamos con la ilusión de ir poniéndo sílabas, una tras otra, para sacar al conejo de la chistera, hacernos presentes, borrar las lágrimas futuras.
Prometemos con la confianza de quien extiende un cheque con fondos: damos un certificado sobre el futuro, asegurando que todo será tal como lo planeamos. La naturaleza misma se detendrá ante la pureza de nuestras convicciones, del amor que ansiamos dar, del perdón que ofrendamos.
"Te amaré por siempre", "no volverá a pasar", "mañana mismo estará frente a tí", "créeme, amor mío, créeme que nunca te faltaré". Somos tan poco originales y las palabras llegan tan rápidamente a nuestra boca: "no habrá más pobres", "investigamos al fondo de la cuestión", "no más privilegios", "serán encontrados los culpables", "esta comunidad tendrá la infraestructura necesaria".
Y así como los políticos fabrican en el aire, nosotros entretejemos nuestras pasiones, porque finalmente, tenemos palabras suficientes para ir creando un fabuloso tapiz con nuestras ilusiones y las de los demás.
Confieso que me gusta basante la falta de originalidad de los seres humanos. Los que no son originales, generalmente tiran una bomba o van por un hacha para acabar con el problema.
A mí me gusta creer que las palabras, a veces, logran empaparse con algo de ese impulso que nos hace decirlas: perdón, olvido, caricia, acercamiento, enojo.
Pero no siempre el impulso es suficiente, y para nuestro horror, nuestras palabras se estrellan en el aire, o peor aún (maldición de maldiciones) se diluyen en acciones; y aún cuando amamos las palabras y amamos al mundo a través de ellas, hay momentos en que no son suficientes para obtener el perdón o el olvido, una nueva oportunidad, una siguiente ocasión que nos permita fallar o redimirnos.
Y entonces, abrimos la caja de Pandora. Y dejamos salir todas aquellas palabras que en realidad nos consuelan y que les decimos a los amigos para justificarnos el por qué ya no volveremos sobre nuestros pasos, por qué cerramos la puerta, porque el lado de la cama queda vacío.
Y nos quedamos solo con una, que nos acompaña, y nos recuerda que hay un cambio: "Adiós"...

martes, 14 de septiembre de 2010

Bajo llave

Los mejores discursos son los que he guardado. No han sido particularmente elocuentes, ni tampoco conmovedores. Es simplemente un pasatiempo, como hacer rompecabezas, hacer punto o ensartar collares; una forma de exorcizar soledades, y por una sola ocasión, tener palabras precisas, afiladas y exactas como cuchillos, para ir hundiendose en la suave pulpa de la memoria.
A veces, los dicursos solitarios son la piel de los sentimientos: un órgano frágil y vasto que respira por sí mismo, y resiente los cambios. Tuve la calidez de la promesa de la seducción; he tenido el cierzo de tu ausencia.
Si el silencio es el lenguaje que tenemos en común, ¿tendría caso que lance una palabra a esa calma tan parecida a un purgatorio, sin la certeza del castigo del infierno, o esa dulce indiferencia azucarada con la que nos han vendido el cielo?
Además, ¿qué podría decirte?, ¿podría ser tan conmovedora que aplaces tu huida?, ¿podría ser tan tierna que reconsideres abrigarte bajo mi mismo cielo?
Tú sabes que por cada paso que pones entre ambos, yo daré dos más para alejarme de tí.

jueves, 26 de agosto de 2010

Pues entonces, ¿qué somos?

"El problema de dejarte llevar es que luego, no hay límites"- mi prima Benilda contaba sus cuitas amorosas sin importarle mucho lo que pudiéramos decir el resto de las convocadas a esas tardes tequileras, donde hablamos con desparpajo de zapatos, ropa y hombres, por supuesto. "De repente no sabes si un beso es una declaración amorosa o nomás te le antojaste, igualito que un pastel o darle una mordida a un chocolate. Más aún: puedes terminar en la cama y al final, cuando te quedas entre con el remordimiento y con las ganas de más, preguntas: "¿qué somos?" y te contestan: "pues adultos, ¿no?"
- Hay tantas cosas que podemos ser ahora- contestó con gran seriedad Mixcoalt, amiga de muchos años, morena y coqueta, que tiene convencidos a sus compañeros de trabajo que lo más atrevido que puede hacer es tomar café con toda su carga de cafeína después de las nueve de la noche- mexicanos... contribuyentes... y hasta bicentenarios...
- Esa maldita costumbre de los hombres- murmuró Martha, quien suele tener comentarios que van de lo cursi a lo resentido.
- No, la maldita costumbre es de nosotras, que queremos creer- cortó de tajo mi tía Riquelme, entrando a la habitación sin tocar y armada también de un caballito de tequila que más bien era percherón. Todas nos quedamos un poco anonadadas, sin saber muy bien qué decir. Todas, mujeres profesionistas, dueñas de nuestro mundo y cuerpo, nos daba un poco de pudor tener esas pláticas con quienes todavía recuerdan cuando las mujeres no tenían derecho al voto- ay, no pongan esa mirada.
Hay dos cosas que Riquelme tiene en abundancia: trasero y sentido común, y ambos se apoltronaron en nuestra reunión, sin que el resto supiera muy bien como retomar la plática.
- Los hombres son mucho menos complicados de lo que creen y ustedes mucho más brutas de lo que se imaginan.
Todas nos miramos
- Somos humanos, niñas- siguió Riquelme- parece que no lo saben: mentimos, somos egoístas, buscamos nuestra comodidad... ¿de verdad eso les sorprende?... nos aburrimos, tenemos sueños que confundimos con realidades. Eso, sin contar, que todo lo que hoy nos parece cierto y claro, mañana nos hace cambiar de opinión.
- Por eso hay que andarse con pies de plomo- recovino, Mixcoatl, con esa voz de mujer de mundo, que al menos yo, odiaba
- No, cariño... hay que abrazar cada momento. Porque sólo así podrás tener la sabiduría de ver si alguien puede ser tu patria o si te va a contestar "somos mexicanos"

viernes, 20 de agosto de 2010

Una sola puerta

Pasó la otra noche. Estaba viendo alguna chick flick del anteayer -es que no hay belleza como la de Audrey Herpburn o encanto como el de Gregory Peck- cuando escuché un claro: "¡ya basta!"
- ¿Y ahora??, ¿qué pasó?
- Nada...
Ah, esa maldita palabra que en realidad significa "Todo y tú eres incapaz de comprender la profundidad de las heridas"; por eso, a la única persona que le perdono esos "nada" cargados de significados es a mi madre, y eso, por jerarquía.
- ¿Ya basta de qué?- aventuré, ante la posibilidad de un silencio incómodo.
- De tus reclamos
Abrí los ojo llena de sorpresa. Estábamos tan bien: una copita de vino blanco, fruta, pan gourmet...
- De verdad, no entiendo...
- Claro que entiendes. Siempre me estás reclamando. Siempre estás quejándote y siempre estás descontenta. Pareciera que la culpa de todo, la tengo yo...
- Bueno, es que tienes que asumir tu parte de responsabilidad- murmuré con la mirada baja, tratando de no llorar.
- ¿Mi responsabilidad?- ahora sí, en la voz había ese matiz que nos indica que estamos a punto de entrar al no retorno de gritos y sombrerazos. La batalla era inevitable- ¿de qué, exactamente, soy responsable?
- De esto...- abrí los brazos, en un gesto al aire, a la soledad; ahora sí, con los ojos llenos de lágrimas
Hubo un silencio, no demasiado largo ni demasiado profundo. Sólo una pausa en que sentí cierto amargor en los labios.
- Esta puerta ha sido la misma por la que ha entrado toda la gente- el tono ahora de una dulzura latente que me conmovió- Quizá no haya llegado el romance de tus sueños, pero sí los amigos de tu vida.
Sonreí.
Tenía razón y yo no tenía argumentos para seguir reclamándole. Después de todo, rara vez el corazón da explicaciones...