Hay veces que los cambios de ciclo no son nada fáciles. Y van más allá de la depresión Navideña, el pavo seco, el bacalao salado o el turrón que ha aguantado ya seis temporadas de mano en mano y llega de nuevo a nuestra despensa.
Hay veces que uno no encuentra acomodo, ya no en su propia piel... en su propio cerebro. Como las figuras de porcelana que jamás compraríamos por gusto, pero llegaron de forma misteriosa a nuestras manos, viviendo de repisa en repisa con la cualidad de verse siempre forzadas.
Así traigo el espíritu. En algún momento de las últimas dos semanas olvidé cómo se vive la cotidianidad.
Me sorprendo con algunas lágrimas escondidas, celos de las parejas felices que veo en la virtualidad de Facebook y el día a día de mi calle, la piel con rasguños de soledad, un par de calambres porque creo que no volveré del Gulag del olvido a dónde me enviaron.
Me da un poco de terror pensar que mis sentimientos andan perdidos. A lo mejor me va a pasar como los suéteres que pierde mi hermano y los extraña dos o tres meses después de haberlos abandonado en el respaldo de una silla, la butaca de un cine o el asiento de un avión.
Después de todo, ¿quién prestarían atención a los pequeños detalles? A lo mejor la capacidad que tenía para amar está tirada en alguna banqueta, hábilmente esquivada, confundiéndose con el resto el panorama.
Ojalá supiera qué hacer...
La fuerza de Emily Brontë, la ironía de Jorge Ibargüengoitia, la belleza de Julio Cortázar, la sutileza de Bioy Casares. Así es... nada de eso está aquí, pero igual se pueden pasar un rato divertido.
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martes, 3 de enero de 2012
lunes, 14 de febrero de 2011
El no-reencuentro
Fue un sueño raro. Sin la belleza de la cámara lenta o el dramatismo del cielo rojo.
Estabas sentado frente a mí, como tantas veces. Nada en particular, como una puesta en escena, dos actores esperando se levante el telón (o baje, todo depende de qué lado del tiempo nos situamos).
Nada había, ninguna pista para adivinar el siguiente paso. Tal como ocurrió entre nosotros.
La normalidad es terriblemente cotidiana y por eso cuenta tanto trabajo entender cuando se interrupe. Quienes vivimos en países sísmicos entendemos ese terror cuando la realidad se resquebraja. Tratamos de aferrarnos a la calma y a la rutina posterior. Las banquetas rotas, cables caídos, todo lo vemos con cierta curiosidad y distancia, convenciéndonos de que es algo anecdótico, un lunar en la agenda, algo interpuesto en nuestra cita de las tres de la tarde.
Es tan molesto que la realidad se interrumpa. Nos deja la misma sensación de sorpresa de encontrar arañas en el frasco de galletas, elefantes a la mitad de una autopista o las llaves adentro del refrigerador.
Nos congratulamos de nuestro cerebro, y se nos olvida de lo que es capaz: dejarnos a oscuras, sin velas ni cerillos.
A mí me tomó tres días entender que no te volvería a ver. Soñar contigo no cuenta como reencuentro. Fue una arbitrariedad de la cotidianidad ya libre de tí.
Estabas sentado frente a mí, como tantas veces. Nada en particular, como una puesta en escena, dos actores esperando se levante el telón (o baje, todo depende de qué lado del tiempo nos situamos).
Nada había, ninguna pista para adivinar el siguiente paso. Tal como ocurrió entre nosotros.
La normalidad es terriblemente cotidiana y por eso cuenta tanto trabajo entender cuando se interrupe. Quienes vivimos en países sísmicos entendemos ese terror cuando la realidad se resquebraja. Tratamos de aferrarnos a la calma y a la rutina posterior. Las banquetas rotas, cables caídos, todo lo vemos con cierta curiosidad y distancia, convenciéndonos de que es algo anecdótico, un lunar en la agenda, algo interpuesto en nuestra cita de las tres de la tarde.
Es tan molesto que la realidad se interrumpa. Nos deja la misma sensación de sorpresa de encontrar arañas en el frasco de galletas, elefantes a la mitad de una autopista o las llaves adentro del refrigerador.
Nos congratulamos de nuestro cerebro, y se nos olvida de lo que es capaz: dejarnos a oscuras, sin velas ni cerillos.
A mí me tomó tres días entender que no te volvería a ver. Soñar contigo no cuenta como reencuentro. Fue una arbitrariedad de la cotidianidad ya libre de tí.
Etiquetas:
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