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viernes, 20 de agosto de 2010

Una sola puerta

Pasó la otra noche. Estaba viendo alguna chick flick del anteayer -es que no hay belleza como la de Audrey Herpburn o encanto como el de Gregory Peck- cuando escuché un claro: "¡ya basta!"
- ¿Y ahora??, ¿qué pasó?
- Nada...
Ah, esa maldita palabra que en realidad significa "Todo y tú eres incapaz de comprender la profundidad de las heridas"; por eso, a la única persona que le perdono esos "nada" cargados de significados es a mi madre, y eso, por jerarquía.
- ¿Ya basta de qué?- aventuré, ante la posibilidad de un silencio incómodo.
- De tus reclamos
Abrí los ojo llena de sorpresa. Estábamos tan bien: una copita de vino blanco, fruta, pan gourmet...
- De verdad, no entiendo...
- Claro que entiendes. Siempre me estás reclamando. Siempre estás quejándote y siempre estás descontenta. Pareciera que la culpa de todo, la tengo yo...
- Bueno, es que tienes que asumir tu parte de responsabilidad- murmuré con la mirada baja, tratando de no llorar.
- ¿Mi responsabilidad?- ahora sí, en la voz había ese matiz que nos indica que estamos a punto de entrar al no retorno de gritos y sombrerazos. La batalla era inevitable- ¿de qué, exactamente, soy responsable?
- De esto...- abrí los brazos, en un gesto al aire, a la soledad; ahora sí, con los ojos llenos de lágrimas
Hubo un silencio, no demasiado largo ni demasiado profundo. Sólo una pausa en que sentí cierto amargor en los labios.
- Esta puerta ha sido la misma por la que ha entrado toda la gente- el tono ahora de una dulzura latente que me conmovió- Quizá no haya llegado el romance de tus sueños, pero sí los amigos de tu vida.
Sonreí.
Tenía razón y yo no tenía argumentos para seguir reclamándole. Después de todo, rara vez el corazón da explicaciones...

miércoles, 25 de noviembre de 2009

A la búsqueda de la palabra precisa

El problema no es que él tuviera alma de poeta (que la tenía). A diferencia de todos los que creen que empuñar (como quien blande una espada) una pluma es igual a escribir, él realmente tenía un don con las palabras. Sabía escogerlas, sopesarlas, ponerlas de forma precisa para decir todo lo que su corazón atesoraba.
Tampoco era un problema que ella se supiera bella. Estaba acostumbrada a que le dijeran que era una muñequita de cabellos de oro, de dientes de perla, labios de rubí.
Quizá es que ella fuera pragmática y las palabras usualmente asociadas al amor: nunca, siempre, eterno, le fueran ligeramente indiferentes: un bichito que se arrastra por la piel para no llegar a ningún lado.
Para él, las palabras eran un ramo de flores, un regalo que entra por el oído, una floritura caprichosa que igual viajaba por aire que en papel, un regalo exótico que reflejaba noches en vela de búsqueda de lo extraordinario que le permitía reflejar su sentir.
Mientras él sentía como las ojeras comenzaban a crujir bajo el peso de las mañanas, ella permanecía impávida, con la mirada suave y amable, la misma con la que se despidió desde la cubierta del barco.
La distancia parecía una prueba adicional y decidió mandar cartas largas, escritas en delicados folios con cuidada escritura, describiéndole minuciosamente la pena que le embargaba ante su lejanía, privado de su belleza... hasta que se quedó sin palabras: no había metáfora que no hubiera explorado, hipérbole en la que no se hubiera perdido o perífrasis que no hubiera examinado y todas habían recibido idéntica respuesta: el silencio.
Sin más esperanza que su propio sentimiento, arrancó una hoja de un cuaderno cualquiera y puso dos palabras, las últimas que le quedaban. Cayó presa de la fiebre, del agotamiento, de la tristeza.
Cuando abrió los ojos, ella estaba justo ante él, con la mirada encendida y los labios sonrientes.
Ya no había palabras entre ellos.

lunes, 21 de septiembre de 2009

La media derrota

Tengo tal miedo de quererte que cada latido de mi corazón que te niega, me duele.
Estoy derrotada antes de empezar la batalla. Mi coraza es cada vez más estrecha aunque los fosos también sean más profundos. He descubierto la inutilidad de las armas para mantenerte alejado. Quiero no verte, y sin embargo, el alba me encuentra rezando, pidiendo tu presencia junto a mí; esperando tus manos abriendo la oscuridad para deslizarse sobre mis párpados, encontrando mi boca que sólo sabe decir tu nombre...

sábado, 22 de agosto de 2009

Las batallas perdidas

Hay momentos en que quisiera tener las lágrimas precisas para decirte las cosas que se han quedado en el silencio.
Eres mi reino perdido. Las batallas que no empezado siquiera. La deposición de las armas. Estoy rendida - en la doble acepción de la palabra: exhausta y derrotada-; perdida y no encontrada.
¿Así será el resto de mi vida?

viernes, 21 de agosto de 2009

Las noches de vela

Los oigo en la noche. Sé lo que murmuran en el frío de las madrugadas, mientras encienden un cigarro y patean el suelo para entrar en calor.
Puedo intuir las vetas de desconfianza - e incluso de ira- en sus miradas. Sé que añoran las mañanas de los domingos, cuando se podían dejar ganar por la pereza de las horas muertas entre las sábanas aún tibias, y disfrutar el sol filtrándose por las ventanas. Y sin embargo, están en este páramo donde día a día libran batallas que exigen fiereza y a veces, sangre.
Ellos saben que yo sé de sus dudas. Yo sé de su lealtad... y por eso confío en que mi corazón no se volverá a romper.