Mostrando entradas con la etiqueta despedidas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta despedidas. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de diciembre de 2011

El labio herido

Ojalá supiera fumar, para equilibrar el cigarro y envolverme en una nube de humo, mientras entrecierro los ojos y miras la cicatriz, apenas visible, en el labio inferior. Es pequeña, como si la hubiera causado el filo de unos dientes al final de un beso, o como si hubiera resbalado suavemente el peso de una navaja en el lado equivocado.
Tendrías que mirar con mucha atención para ver la casi imperceptible grieta sobre la piel. No es dramática como aquella vez que me caí en la calle y me dolió el orgullo porque me había raspado las rodillas como una niña de ocho años, y tú me consolaste con un helado (sí, Freud tendría mucho qué comentar). O como aquella vez que te quemaste con mantequilla caliente y el ámpula te duro casi tres semanas y yo me sentía culpable por comer pan francés en las mañanas.
Veo mi reflejo en el espejo matutino. Las ojeras cada vez más profundas, los ojos más cansados de su miopía, y esa pequeña herida un poco más roja que el resto de la piel.
Me gusta creer que me da un aire de mujer peligrosa. Por un segundo supongo que un asesino que sonríe por primera vez, y se encuentra con un breve dolor que le causa un poco de sorpresa y otro poco de frustración por darse cuenta que algo tan banal, tan inocente como una mueca amigable, pueda causar una herida inadvertida para el resto, aunque deja un suave rastro de sangre en forma de corazón sobre el pañuelo con el que te dije adiós...

martes, 7 de septiembre de 2010

A la fiesta!!!!

Mi tío Florencio tenía la pésima costumbre de aburrirse. Acomodaba las manos sobre su panza chelera, veí al derredor y concluía:
"Lo que hace falta, Edelvina, es una fiesta".
Mi tía Edelvina interrumpía su quehacer, también miraba como si quisiera encontrar una ruta de escape, lo encaraba y, con la más sensata de las voces, susurraba: "Ay Flori... estamos muy gastados. Tenemos pendiente lo del gas, la luz; zapatos para Graciana, uniformes nuevos para Maldequito y eso sin contar que falta arreglar la estufa y la fuga que está manchando de humedad el piso de la sala".
"Oh, ¿ya vas a empezar?, ¿por qué quieres quitarme ese gusto? Hasta parece pecado querer un poco de diversión en esta casa"- bufaba mi tío. Con un enorme esfuerzo se levantaba de su silla y salía dando un portazo.
Ante las evidencias, mi tía entonces suspiraba (otra vez), miraba el techo, calculaba más o menos con cuánto de fiado se podía contar, y ya para la hora de la cena, mientras le ponía el café con leche enfrente, apoyaba muy suave su mano en el hombro de mi tío
"Creo que tienes razón, Flori... Hagamos la fiesta".
Mi mamá completaba la frase entre dientes: "a ver con qué la pagamos".
Así siempre ha sido el valor civil que nos caracteriza en la familia.
Seguía entonces un frenesí de buscar a los amigos, a los cuates, a los cuadernos de doble raya: "Oye, ni hagas planes para el 15 de septiembre que es mi cumpleaños y voy a hacer una fiestecita".
Mi tío Florencio tenía la cualidad de decir "fiestecita" cuando en realidad quería dar a entender que habría un pachangón de proporciones épicas, donde habría -al menos- mariachi, un trío, dos marimbas y un grupo veracruzano; tres marranitos en carnitas, dos borregos, mole con su guajolote incluído, arroz, tortillas, nopales y harto, harto, harto "vinito" que era como le llamaban a un destilado que hacía Don Fede en un cuartito clandestino, y que servía lo mismo como aperitivo que para limpiar bujías.
En esa época todavía no estábamos tan adoradores de la tecnología. A la luz de los festejos bicentenarios, sé que mi tía Edelvina hubiera amado la solución de decir: "bueno, armamos la fiesta y cada quién la sigue por webcam desde su casa". Hay soluciones que tardan mucho en llegar.
Pero, en esa ocasión en particular, luego de que la fiesta nos dejó con la calle con los pendones, botellas vacías, montones de ollas por lavar, y los perros en la profunda dicotomía de no saber si las vastas sobras compensaban el ruidero, coheterio, echada de bala, pleitos de borracho que había que soportar, mi tío, mi querido tío que experimentaba todas las crudas posibles -desde la moral hasta la existencial-, se encontró con la cama vacía, las valijas hechas y una nota de mi tía, quien se había hartado de suspirar: había agarrado sus cosas y sólo le dejó una nota: "para que no te aburras, aquí está la escoba"