El problema no es que él tuviera alma de poeta (que la tenía). A diferencia de todos los que creen que empuñar (como quien blande una espada) una pluma es igual a escribir, él realmente tenía un don con las palabras. Sabía escogerlas, sopesarlas, ponerlas de forma precisa para decir todo lo que su corazón atesoraba.
Tampoco era un problema que ella se supiera bella. Estaba acostumbrada a que le dijeran que era una muñequita de cabellos de oro, de dientes de perla, labios de rubí.
Quizá es que ella fuera pragmática y las palabras usualmente asociadas al amor: nunca, siempre, eterno, le fueran ligeramente indiferentes: un bichito que se arrastra por la piel para no llegar a ningún lado.
Para él, las palabras eran un ramo de flores, un regalo que entra por el oído, una floritura caprichosa que igual viajaba por aire que en papel, un regalo exótico que reflejaba noches en vela de búsqueda de lo extraordinario que le permitía reflejar su sentir.
Mientras él sentía como las ojeras comenzaban a crujir bajo el peso de las mañanas, ella permanecía impávida, con la mirada suave y amable, la misma con la que se despidió desde la cubierta del barco.
La distancia parecía una prueba adicional y decidió mandar cartas largas, escritas en delicados folios con cuidada escritura, describiéndole minuciosamente la pena que le embargaba ante su lejanía, privado de su belleza... hasta que se quedó sin palabras: no había metáfora que no hubiera explorado, hipérbole en la que no se hubiera perdido o perífrasis que no hubiera examinado y todas habían recibido idéntica respuesta: el silencio.
Sin más esperanza que su propio sentimiento, arrancó una hoja de un cuaderno cualquiera y puso dos palabras, las últimas que le quedaban. Cayó presa de la fiebre, del agotamiento, de la tristeza.
Cuando abrió los ojos, ella estaba justo ante él, con la mirada encendida y los labios sonrientes.
Ya no había palabras entre ellos.
La fuerza de Emily Brontë, la ironía de Jorge Ibargüengoitia, la belleza de Julio Cortázar, la sutileza de Bioy Casares. Así es... nada de eso está aquí, pero igual se pueden pasar un rato divertido.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
domingo, 1 de noviembre de 2009
Hay días así...
Hay días que soy un gato negro, con el lomo erizado. No hay palabras que reconforten, ni caricias de palmas cálidas que aún tienen en sí la promesa del café caliente, del periódico matutino. Sólo sensaciones, pasos ligeros que apenas suenen, discretas salidas que desconcertarían aún al propio deseo.
Suenan las campanas que avisan hacia dónde va la gente. Me subo a los tejados y ando a mi aire.
Suenan las campanas que avisan hacia dónde va la gente. Me subo a los tejados y ando a mi aire.
viernes, 25 de septiembre de 2009
Dentelladas en la oscuridad
El problema de los deseos no son los dientes, sino las dentelladas con las que nos recuerdan que los dioses, cuando nos quieren perder, conceden lo que pedimos.
¿Cómo no pedir cuando veo esas hermosas manos? Sé de las miradas de tus ojos luminosos, los labios que esconden besos en sus comisuras y entonces, el deseo se revuelve en mi interior, me muestra el filo de sus dientes, me recuerda que también tiene garras dispuestas a abrirme la piel.
Venir de un país donde los dioses exigían sacrificios humanos me obliga a plantear una duda razonable: ¿El deseo compartirá ese gusto de tomar la sangre de los otros como una especie de Prozac, o necesita más? Sé que tus labios no serán un santuario donde refugiarme: todo lo contrario, serán el verdugo que me rompa el corazón... ¿será suficiente entonces entregarlo, trozo a trozo, para calmar la rabia del deseo concedido?
¿Cómo no pedir cuando veo esas hermosas manos? Sé de las miradas de tus ojos luminosos, los labios que esconden besos en sus comisuras y entonces, el deseo se revuelve en mi interior, me muestra el filo de sus dientes, me recuerda que también tiene garras dispuestas a abrirme la piel.
Venir de un país donde los dioses exigían sacrificios humanos me obliga a plantear una duda razonable: ¿El deseo compartirá ese gusto de tomar la sangre de los otros como una especie de Prozac, o necesita más? Sé que tus labios no serán un santuario donde refugiarme: todo lo contrario, serán el verdugo que me rompa el corazón... ¿será suficiente entonces entregarlo, trozo a trozo, para calmar la rabia del deseo concedido?
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lunes, 21 de septiembre de 2009
La media derrota
Tengo tal miedo de quererte que cada latido de mi corazón que te niega, me duele.
Estoy derrotada antes de empezar la batalla. Mi coraza es cada vez más estrecha aunque los fosos también sean más profundos. He descubierto la inutilidad de las armas para mantenerte alejado. Quiero no verte, y sin embargo, el alba me encuentra rezando, pidiendo tu presencia junto a mí; esperando tus manos abriendo la oscuridad para deslizarse sobre mis párpados, encontrando mi boca que sólo sabe decir tu nombre...
Estoy derrotada antes de empezar la batalla. Mi coraza es cada vez más estrecha aunque los fosos también sean más profundos. He descubierto la inutilidad de las armas para mantenerte alejado. Quiero no verte, y sin embargo, el alba me encuentra rezando, pidiendo tu presencia junto a mí; esperando tus manos abriendo la oscuridad para deslizarse sobre mis párpados, encontrando mi boca que sólo sabe decir tu nombre...
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martes, 15 de septiembre de 2009
Su llamada es muy importante para nosotros...
No hay nada más frustrante que hablar con una grabación.
"Buen día, nuestras operadoras están ocupadas; su llamada es muy importante para nosotros, utilice nuestro menú teléfonico que es muy eficiente", y entonces entra uno al laberinto, que ni siquiera es de soledad: es de una profunda desesperanza, un hoyo negro donde se marcan las teclas una y otra vez, con la seguridad de que no hay nadie del otro lado para ayudarnos.
Estoy segura de que el infierno en realidad es llegar a un escritorio donde alguien nos recibirá, digo, es el infierno: seguro tendrán infraestructura y burócratas limándose las uñas, escuchando alguna estación de radio y comiendo alguna fritura, que nos dirá que nuestro documento se traspapeló, que por supuesto es un error que estemos ahí y que pasemos a la cabina telefónica.
Descolgaremos el teléfono y nuestra peor pesadilla comenzará a materializarse: si quiere hablar con alguien pero no sabe la extensión, marque el 1 seguido de numeral. BEEP. Su selección no es válida, marque asterisco BEEP. Su selección no es válida, marque las primeras letras de la persona con la que quiere hablar. 7282. BEEP. Su selección no es válida.
O, quizá la selección sea válida, y entonces haya una grabación que diga "En este momento, la persona (o ángel caído o su Satanidad, no sé cómo diga en su tarjeta de presentación) no está disponible. Le sugerimos marcar cero para tener asistencia inmediata" BEEP. Lo sentimos, nuestras operadoras están ocupadas; su llamada es muy importante para nosotros, utilice nuestro menú teléfonico que es muy eficiente"... y así... por toda la eternidad
"Buen día, nuestras operadoras están ocupadas; su llamada es muy importante para nosotros, utilice nuestro menú teléfonico que es muy eficiente", y entonces entra uno al laberinto, que ni siquiera es de soledad: es de una profunda desesperanza, un hoyo negro donde se marcan las teclas una y otra vez, con la seguridad de que no hay nadie del otro lado para ayudarnos.
Estoy segura de que el infierno en realidad es llegar a un escritorio donde alguien nos recibirá, digo, es el infierno: seguro tendrán infraestructura y burócratas limándose las uñas, escuchando alguna estación de radio y comiendo alguna fritura, que nos dirá que nuestro documento se traspapeló, que por supuesto es un error que estemos ahí y que pasemos a la cabina telefónica.
Descolgaremos el teléfono y nuestra peor pesadilla comenzará a materializarse: si quiere hablar con alguien pero no sabe la extensión, marque el 1 seguido de numeral. BEEP. Su selección no es válida, marque asterisco BEEP. Su selección no es válida, marque las primeras letras de la persona con la que quiere hablar. 7282. BEEP. Su selección no es válida.
O, quizá la selección sea válida, y entonces haya una grabación que diga "En este momento, la persona (o ángel caído o su Satanidad, no sé cómo diga en su tarjeta de presentación) no está disponible. Le sugerimos marcar cero para tener asistencia inmediata" BEEP. Lo sentimos, nuestras operadoras están ocupadas; su llamada es muy importante para nosotros, utilice nuestro menú teléfonico que es muy eficiente"... y así... por toda la eternidad
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jueves, 3 de septiembre de 2009
Irrupción
Me falta valor para entrar en tus sueños. No lo puedes reprochar. Tengo la mirada del culpable, probablemente rastro del único hurto que he cometido: tenía diez años y me llevé un paquete de chicles. Me cayó todo el peso de la ley (materna, por supuesto. La legal nunca ha sido el fuerte de mi entorno).
Truncados mis deseos de seguir los pasos de John Dillinger, sólo puedo soñar con el crimen perfecto: Deslizarme por tus párpados cerrados, rozar con mis labios tu oído y pedirte, con la voz derretida en la luz de la madrugado, ardiente susurro, que me dejes robarte un beso.
Truncados mis deseos de seguir los pasos de John Dillinger, sólo puedo soñar con el crimen perfecto: Deslizarme por tus párpados cerrados, rozar con mis labios tu oído y pedirte, con la voz derretida en la luz de la madrugado, ardiente susurro, que me dejes robarte un beso.
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martes, 1 de septiembre de 2009
Un breve engaño
Somos infieles por naturaleza (incluso a nosotros mismos), pero hay momentos en que no podemos escapar de nuestras mentiras, (por blancas, inocentes y frágiles que sean).
Seguimos los pequeños ritos matutinos de desperezarnos, deshacer el tibio nudo de las sábanas, verificar que el cielo aún sigue ahí. Pasamos la mano por el rostro, buscamos los lentes (los que tenemos la suerte de no ver el mundo nítido durante todas las horas del día), o el reloj o el despertador para ver que realmente no hay mayor posibilidad más que levantarse y seguir adelante.
Sólo entonces somos totalmente fieles y nos entregamos a los pequeños ritos que van dando sentido al día: revisar la profundidad de las ojeras, las canas que han surgido en la complicidad de la noche, las arrugas que nos dan un aire más propio (o más canalla, todo depende del pasado).
Y sutilmente, casi con dulzura, vamos planeando los engaños: traicionamos al sueño que aún nos habita con el café de mañana, al cansancio con el lápiz labial o a la lluvia con la bufanda que nunca sabemos dónde dejamos.
Nadie puede ser tan inocente y andar por el mundo sin algo de protección...
Seguimos los pequeños ritos matutinos de desperezarnos, deshacer el tibio nudo de las sábanas, verificar que el cielo aún sigue ahí. Pasamos la mano por el rostro, buscamos los lentes (los que tenemos la suerte de no ver el mundo nítido durante todas las horas del día), o el reloj o el despertador para ver que realmente no hay mayor posibilidad más que levantarse y seguir adelante.
Sólo entonces somos totalmente fieles y nos entregamos a los pequeños ritos que van dando sentido al día: revisar la profundidad de las ojeras, las canas que han surgido en la complicidad de la noche, las arrugas que nos dan un aire más propio (o más canalla, todo depende del pasado).
Y sutilmente, casi con dulzura, vamos planeando los engaños: traicionamos al sueño que aún nos habita con el café de mañana, al cansancio con el lápiz labial o a la lluvia con la bufanda que nunca sabemos dónde dejamos.
Nadie puede ser tan inocente y andar por el mundo sin algo de protección...
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