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jueves, 12 de agosto de 2010

Para encontrarnos

Amor mío. Aquí estoy. Sin ninguna defensa, sin murallas, ni trampas o estrategias. Soy yo, con la fiebre de poseerte. De tener y detenerte en un único momento que no volverá a repetirse.
Estoy aquí, sin corazas ni armaduras. No hay ejército que me proteja de tu piel morena. Tantas veces he deseado poderte hablar con esta voz de aventura, de noches que no pasen de tenernos uno al otro, de tendernos bajo la luz oscura de la luna. ¿Qué más puede pasar? Ya estamos pagando el estar tan solos como al principio, tan perdidos que no nos encontramos
¿Qué más da, entonces, tirar la brújula, prescindir de las rutas? Soy el gato de Cheshire sonriéndote, recordando que si no sabes a dónde quieres llegar, entonces tampoco importa qué camino tomes.
Quizá sólo así, sin caminos, sin premeditación ni ventajas, sea posible arrancar las dudas de tajo, y convencerte de que soy el refugio que buscas, la tregua que necesitas para tener sentido...

lunes, 21 de septiembre de 2009

La media derrota

Tengo tal miedo de quererte que cada latido de mi corazón que te niega, me duele.
Estoy derrotada antes de empezar la batalla. Mi coraza es cada vez más estrecha aunque los fosos también sean más profundos. He descubierto la inutilidad de las armas para mantenerte alejado. Quiero no verte, y sin embargo, el alba me encuentra rezando, pidiendo tu presencia junto a mí; esperando tus manos abriendo la oscuridad para deslizarse sobre mis párpados, encontrando mi boca que sólo sabe decir tu nombre...

jueves, 3 de septiembre de 2009

Irrupción

Me falta valor para entrar en tus sueños. No lo puedes reprochar. Tengo la mirada del culpable, probablemente rastro del único hurto que he cometido: tenía diez años y me llevé un paquete de chicles. Me cayó todo el peso de la ley (materna, por supuesto. La legal nunca ha sido el fuerte de mi entorno).
Truncados mis deseos de seguir los pasos de John Dillinger, sólo puedo soñar con el crimen perfecto: Deslizarme por tus párpados cerrados, rozar con mis labios tu oído y pedirte, con la voz derretida en la luz de la madrugado, ardiente susurro, que me dejes robarte un beso.

martes, 1 de septiembre de 2009

Un breve engaño

Somos infieles por naturaleza (incluso a nosotros mismos), pero hay momentos en que no podemos escapar de nuestras mentiras, (por blancas, inocentes y frágiles que sean).
Seguimos los pequeños ritos matutinos de desperezarnos, deshacer el tibio nudo de las sábanas, verificar que el cielo aún sigue ahí. Pasamos la mano por el rostro, buscamos los lentes (los que tenemos la suerte de no ver el mundo nítido durante todas las horas del día), o el reloj o el despertador para ver que realmente no hay mayor posibilidad más que levantarse y seguir adelante.
Sólo entonces somos totalmente fieles y nos entregamos a los pequeños ritos que van dando sentido al día: revisar la profundidad de las ojeras, las canas que han surgido en la complicidad de la noche, las arrugas que nos dan un aire más propio (o más canalla, todo depende del pasado).
Y sutilmente, casi con dulzura, vamos planeando los engaños: traicionamos al sueño que aún nos habita con el café de mañana, al cansancio con el lápiz labial o a la lluvia con la bufanda que nunca sabemos dónde dejamos.
Nadie puede ser tan inocente y andar por el mundo sin algo de protección...

lunes, 24 de agosto de 2009

Un guiño podría ser suficiente

Algunas veces me gustaría coquetear con el "para siempre". Vernos en un bar, en una noche de lluvia como hoy, invitarle un martini y darle mi mejor mirada, (dicen que cuando quiero, mis ojos matan), para convencerlo de no apartarse de mi lado.
A veces, me gustaría conquistar el "jamás": convencerlo de que deslice un anillo de compromiso, justo a la medida de mi anular, tan huérfano de joyas.
Pero ni "para siempre" ni "jamás". Hay algo que los ahuyenta de mi lado. Por eso, en noches como estas, en que la lluvia arrulla mis sueños y mi piel se resigna a la caricia de las lágrimas, sé que sólo queda el ojalá.

viernes, 31 de julio de 2009

El veneno... la seducción

No hay seducción más poderosa que las palabras. Decir lo correcto en el momento preciso es un arte que se pierde cada vez con mayor celeridad. Ahora todo parece quedar contenido en un "wey", "caón" o "'nche".
Al parecer todo está en el tono para que uno pueda determinar si es ligue, complicidad, reclamo, despedida o la apertura de una rendija para "algo más".
Para mi desfortuna, los libros siempre han tenido un papel protagónico, convirtiéndose en mi primera patria, en un territorio conocido/desconocido del que nunca me he podido alejar, por más que me interese en Internet, televisión, radio, música, cine y otras tentaciones, no todas tecnológicas.
Con los libros descubrí los sinónimos, los antónimos, los adjetivos, los adverbios. Me enamoré de la labia de Cyrano de Bergerac y sus disertaciones sobre el amor; del corsario Negro, que era hombre de pocas palabras, pero todas de respeto, y claro, y recientemente, en un acalorado debate en la oficina sobre quién de los tres mosqueteros (sí, así de ñoños podemos ser), recordé el absoluto hechizo que tuvo sobre mí el personaje de Athos, de quién me conmovía su dolorosa nobleza caída en desgracia.
Conforme los nuevos libros fueron cayendo en mis manos, más complejas, más entramadas eran las palabras, donde eran tan importantes los silencios como lo que se decía. Amores suaves y tristes como el de la Tregua de Benedetti o los cronopios con sus hilos azules esperando que el fama lo invite a subir a su automóvil.
¿Por qué hablo de la desfortuna de tener esta patria de libros? Porque veo con tristeza como la gente se arroja palabras sin la menor consideración, a veces, sin saber ni siquiera qué significan. Me desconcierta que alguien sea capaz de creer que la ironía es un arma arrojadiza que se puede utilizar sin cuidado. Nos jactamos de decir lo que pensamos y lanzamos las palabras como quien lanza guijarros, sin saber si pueden romper una ventana o un florero. "Me encantas, wey"... ¿de verdad es lo mejor que pueden decir?
Quizá por eso tampoco he encontrado a mi alma gemela (si es que efectivamente existe): porque he escuchado palabras en labios de algún pretendiente que han sido ofensivas, una bofetada directa, sin que ellos, siquiera consideraran haber traspasado algún tipo de frontera.
Roxana hace una mueca de desdén cuando Cristian, el rival de amores de Cyrano, es incapaz de decirle algo más de "Yo te quiero", "Te pido crema y me estás dando leche", le contesta ella con disgusto.A mí me encantaría contestar lo mismo a los que creen que la conquista empieza por un "wey, que onda wey" o los que muestran su molestia porque las estrellas no se alinean a sus deseos "qué weba wey".
Deberían leer a Hamlet... el veneno también entra por los oídos...