Cuando ví Amelie... me acuerdo que me perdí en la historia de amor, en la luz veraniega de Paris, en la belleza. Reparé, claro, en la anécdota del hombre con los ojos llenos de lágrimas, que borra de su agenda, los teléfonos de su amigo muerto.
Es devastador. Es absurdo. Habría que tener un ritual especial, un lápiz de punta suave y gentil que nos ayudara a pasar por ese trance. Habría que hacerlo con cuidado y todo el amor, quitando letra por letra, sin el trazo que construimos por primera vez con rapidez, con la garantía de que tendríamos la eternidad para decirles "qué bien me caes", "me encantan tus ojos", "siempre tienes una palabra amable".
Y no decírnoslo a nosotros mismos, no decirlo al aire... cuando sabemos que nuestras palabras empiezan como reclamo y terminan como oración. Que donde quiera que estés... estés mejor... que es absurdo saber que ya no estamos bajo el mismo cielo... Que siempre estarás en el trazo de la memoria, con la palabra perfecta, la sonrisa precisa...
Maldición.
La fuerza de Emily Brontë, la ironía de Jorge Ibargüengoitia, la belleza de Julio Cortázar, la sutileza de Bioy Casares. Así es... nada de eso está aquí, pero igual se pueden pasar un rato divertido.
domingo, 15 de enero de 2012
martes, 3 de enero de 2012
¿A ustedes no les pasa?
Hay veces que los cambios de ciclo no son nada fáciles. Y van más allá de la depresión Navideña, el pavo seco, el bacalao salado o el turrón que ha aguantado ya seis temporadas de mano en mano y llega de nuevo a nuestra despensa.
Hay veces que uno no encuentra acomodo, ya no en su propia piel... en su propio cerebro. Como las figuras de porcelana que jamás compraríamos por gusto, pero llegaron de forma misteriosa a nuestras manos, viviendo de repisa en repisa con la cualidad de verse siempre forzadas.
Así traigo el espíritu. En algún momento de las últimas dos semanas olvidé cómo se vive la cotidianidad.
Me sorprendo con algunas lágrimas escondidas, celos de las parejas felices que veo en la virtualidad de Facebook y el día a día de mi calle, la piel con rasguños de soledad, un par de calambres porque creo que no volveré del Gulag del olvido a dónde me enviaron.
Me da un poco de terror pensar que mis sentimientos andan perdidos. A lo mejor me va a pasar como los suéteres que pierde mi hermano y los extraña dos o tres meses después de haberlos abandonado en el respaldo de una silla, la butaca de un cine o el asiento de un avión.
Después de todo, ¿quién prestarían atención a los pequeños detalles? A lo mejor la capacidad que tenía para amar está tirada en alguna banqueta, hábilmente esquivada, confundiéndose con el resto el panorama.
Ojalá supiera qué hacer...
Hay veces que uno no encuentra acomodo, ya no en su propia piel... en su propio cerebro. Como las figuras de porcelana que jamás compraríamos por gusto, pero llegaron de forma misteriosa a nuestras manos, viviendo de repisa en repisa con la cualidad de verse siempre forzadas.
Así traigo el espíritu. En algún momento de las últimas dos semanas olvidé cómo se vive la cotidianidad.
Me sorprendo con algunas lágrimas escondidas, celos de las parejas felices que veo en la virtualidad de Facebook y el día a día de mi calle, la piel con rasguños de soledad, un par de calambres porque creo que no volveré del Gulag del olvido a dónde me enviaron.
Me da un poco de terror pensar que mis sentimientos andan perdidos. A lo mejor me va a pasar como los suéteres que pierde mi hermano y los extraña dos o tres meses después de haberlos abandonado en el respaldo de una silla, la butaca de un cine o el asiento de un avión.
Después de todo, ¿quién prestarían atención a los pequeños detalles? A lo mejor la capacidad que tenía para amar está tirada en alguna banqueta, hábilmente esquivada, confundiéndose con el resto el panorama.
Ojalá supiera qué hacer...
lunes, 12 de diciembre de 2011
¿qué tienes?... "nada"
- No, hija. Los hombres pueden tener muchos defectos, pero al menos cuando les preguntas qué tienes, no te contestan "nada". Ni a mi madre le aguantaba esas respuestas- mi tía Galatea sorbía su mezcal y me dirigía una sonrisa cómplice.
No sé si lo decía en serio o sólo para reafirmar su posición de mujer liberada frente a los ojos de mi abuela. Bueno, en mi casa, tomar el café sin azúcar ni leche ya basta para ser tildado de izquierdoso, y usar escote para que se levante la ceja de forma reprobatoria.
Así que caballeros, sepan que lo sabemos: nos damos por enteradas de su desesperación cuando nos preguntan "¿Qué tienes?" y contestamos con esa palabra que ni el propio Sartre sospechaba de la dimensión que puede alcanzar en los labios de una mujer. "Nada", acompañada, invariablemente, de una mirada al vacío y brazos cruzados.
¿Por qué contestamos así? Ah, esa es la belleza de todo esto: los sentimientos no son democráticos: son una profunda dictadura. Y el silencio es el camino seguro al Gulag sentimental. Con la suerte que hay boleto de regreso (algunas veces).
Y aún en la peor de las dictaduras, hay señales muy claras. Al menos, conmigo: cuando estoy entusiasmada por un prospecto romántico, me acuerdo de versos y poetas a la menor provocación y dejo de buscar compasivamente chocolate. Y cuando la cosa no funciona, se me acentúan las ojeras y empiezo a hablar del riesgo del invierno nuclear (y claro... contesto "nada" cuando me preguntan qué pasa).
Para mi tía Galatea lo peor de traer el corazón maltratado (roto no... afortunadamente) es que cada vez se vuelve más resistente y menos propenso a dejarse sorprender.
- A ver hija, la cosa es muy fácil. No son promesas de campaña: que se mantengan el contacto, expresen su afecto y demuestren que eres importante. Y acuérdate que todos los hombres tienen un Jorge Negrete en modalidad intensa, porque se les olvida que el charro, lo que sea de cada quien, al menos le cantaba a la muchacha que le gustaba. Así que usted no sea como Marga López: nada de llorar en lo oscurito, y por favor, no quiero respuestas de "nada".
Juro que estoy tratando, pero es tan difícil quitarnos lo que está en nuestra naturaleza.
No sé si lo decía en serio o sólo para reafirmar su posición de mujer liberada frente a los ojos de mi abuela. Bueno, en mi casa, tomar el café sin azúcar ni leche ya basta para ser tildado de izquierdoso, y usar escote para que se levante la ceja de forma reprobatoria.
Así que caballeros, sepan que lo sabemos: nos damos por enteradas de su desesperación cuando nos preguntan "¿Qué tienes?" y contestamos con esa palabra que ni el propio Sartre sospechaba de la dimensión que puede alcanzar en los labios de una mujer. "Nada", acompañada, invariablemente, de una mirada al vacío y brazos cruzados.
¿Por qué contestamos así? Ah, esa es la belleza de todo esto: los sentimientos no son democráticos: son una profunda dictadura. Y el silencio es el camino seguro al Gulag sentimental. Con la suerte que hay boleto de regreso (algunas veces).
Y aún en la peor de las dictaduras, hay señales muy claras. Al menos, conmigo: cuando estoy entusiasmada por un prospecto romántico, me acuerdo de versos y poetas a la menor provocación y dejo de buscar compasivamente chocolate. Y cuando la cosa no funciona, se me acentúan las ojeras y empiezo a hablar del riesgo del invierno nuclear (y claro... contesto "nada" cuando me preguntan qué pasa).
Para mi tía Galatea lo peor de traer el corazón maltratado (roto no... afortunadamente) es que cada vez se vuelve más resistente y menos propenso a dejarse sorprender.
- A ver hija, la cosa es muy fácil. No son promesas de campaña: que se mantengan el contacto, expresen su afecto y demuestren que eres importante. Y acuérdate que todos los hombres tienen un Jorge Negrete en modalidad intensa, porque se les olvida que el charro, lo que sea de cada quien, al menos le cantaba a la muchacha que le gustaba. Así que usted no sea como Marga López: nada de llorar en lo oscurito, y por favor, no quiero respuestas de "nada".
Juro que estoy tratando, pero es tan difícil quitarnos lo que está en nuestra naturaleza.
Un poco de palabras para pasar el tiempo
A veces me gustaría de verdad tener talento para escribir. Ahora lo hago porque es un gran sustituto del Prozac y porque así me evito la terapia. Tengo más de los 140 caracteres de rigor con el que nos estamos acostumbrando a interactuar. Además, para destilar un poco de veneno, sólo es necesario agrupar palabras, igualito que en química (un campo donde todo deja rastros y pueden acusarte por homicidio. En las palabras, bueno, te pueden acusar de ignorante, de faltar a la sintaxis y hasta de mal gusto. Salvo la muerte civil, no es tan grave, y aún con la huella electrónica, uno siempre puede aducir una mala noche, una falta de prudencia al momento de agarrar el teclado, y mejor aún, "esa cuenta no es mía")
También me gustaría tener talento para poder escribir, si no los versos más tristes, al menos algunos aceptables. Los chilangos ya nos hemos acostumbrado a la mala prosa. Entre tanto claxonazo, flechas que no conducen a ningún lado, semáforos manipulados por policías, y un lenguaje urbano que hace pensar que Tarzán podría lanzarse como orador invitado, se nos ha olvidado la sutileza de las palabras, la caricia de las conversaciones, la suavidad de oraciones.
Hablamos de poesía y todos ponemos los ojos en blanco. Culpo en parte a Bécquer (bueno, a él no, él qué culpa... pero ¿qué tal los maestros sin escrúpulos que nos lo recetaban como si fuera aceite de hígado de bacalao) y culpo en mucho a Arjona, quien nos hizo creer que rimar "hemodiálisis" con "corazón" era meritorio.
Total, que me encuentro aquí, con mis palabras limitadas por sí mismas, sin saberse ubicar en malas rimas. Seguiré trabajando como alquimista, en la oscuridad, porque ya bien es sabido y nos han advertido, que un mal poema amoroso es todavía más letal que una carta del SAT, (Señor, que a Arjona nunca le den ese trabajo, por favor, porque es capaz de empezar: "Usted tan contribuyente y nosotros tan administrativos..."
También me gustaría tener talento para poder escribir, si no los versos más tristes, al menos algunos aceptables. Los chilangos ya nos hemos acostumbrado a la mala prosa. Entre tanto claxonazo, flechas que no conducen a ningún lado, semáforos manipulados por policías, y un lenguaje urbano que hace pensar que Tarzán podría lanzarse como orador invitado, se nos ha olvidado la sutileza de las palabras, la caricia de las conversaciones, la suavidad de oraciones.
Hablamos de poesía y todos ponemos los ojos en blanco. Culpo en parte a Bécquer (bueno, a él no, él qué culpa... pero ¿qué tal los maestros sin escrúpulos que nos lo recetaban como si fuera aceite de hígado de bacalao) y culpo en mucho a Arjona, quien nos hizo creer que rimar "hemodiálisis" con "corazón" era meritorio.
Total, que me encuentro aquí, con mis palabras limitadas por sí mismas, sin saberse ubicar en malas rimas. Seguiré trabajando como alquimista, en la oscuridad, porque ya bien es sabido y nos han advertido, que un mal poema amoroso es todavía más letal que una carta del SAT, (Señor, que a Arjona nunca le den ese trabajo, por favor, porque es capaz de empezar: "Usted tan contribuyente y nosotros tan administrativos..."
domingo, 11 de diciembre de 2011
El labio herido
Ojalá supiera fumar, para equilibrar el cigarro y envolverme en una nube de humo, mientras entrecierro los ojos y miras la cicatriz, apenas visible, en el labio inferior. Es pequeña, como si la hubiera causado el filo de unos dientes al final de un beso, o como si hubiera resbalado suavemente el peso de una navaja en el lado equivocado.
Tendrías que mirar con mucha atención para ver la casi imperceptible grieta sobre la piel. No es dramática como aquella vez que me caí en la calle y me dolió el orgullo porque me había raspado las rodillas como una niña de ocho años, y tú me consolaste con un helado (sí, Freud tendría mucho qué comentar). O como aquella vez que te quemaste con mantequilla caliente y el ámpula te duro casi tres semanas y yo me sentía culpable por comer pan francés en las mañanas.
Veo mi reflejo en el espejo matutino. Las ojeras cada vez más profundas, los ojos más cansados de su miopía, y esa pequeña herida un poco más roja que el resto de la piel.
Me gusta creer que me da un aire de mujer peligrosa. Por un segundo supongo que un asesino que sonríe por primera vez, y se encuentra con un breve dolor que le causa un poco de sorpresa y otro poco de frustración por darse cuenta que algo tan banal, tan inocente como una mueca amigable, pueda causar una herida inadvertida para el resto, aunque deja un suave rastro de sangre en forma de corazón sobre el pañuelo con el que te dije adiós...
Tendrías que mirar con mucha atención para ver la casi imperceptible grieta sobre la piel. No es dramática como aquella vez que me caí en la calle y me dolió el orgullo porque me había raspado las rodillas como una niña de ocho años, y tú me consolaste con un helado (sí, Freud tendría mucho qué comentar). O como aquella vez que te quemaste con mantequilla caliente y el ámpula te duro casi tres semanas y yo me sentía culpable por comer pan francés en las mañanas.
Veo mi reflejo en el espejo matutino. Las ojeras cada vez más profundas, los ojos más cansados de su miopía, y esa pequeña herida un poco más roja que el resto de la piel.
Me gusta creer que me da un aire de mujer peligrosa. Por un segundo supongo que un asesino que sonríe por primera vez, y se encuentra con un breve dolor que le causa un poco de sorpresa y otro poco de frustración por darse cuenta que algo tan banal, tan inocente como una mueca amigable, pueda causar una herida inadvertida para el resto, aunque deja un suave rastro de sangre en forma de corazón sobre el pañuelo con el que te dije adiós...
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domingo, 6 de noviembre de 2011
La llave perdida
Hay un momento en que uno es joven, con la dicha de ni siquiera saberse joven. Entrábamos con la arrogancia a los laberintos de reforzar la memoria, una y otra vez. Recitar fechas, hechos, diálogos de películas, teléfonos de los amigos, canciones nuevas y las coreografías de Michael Jackson. Oigan... tiene algo de mérito.
Ahora, con tanta tecnología que facilita la vida, me encuentro con que no me acuerdo de contraseñas esenciales para iniciar el día: el NIP de la tarjeta, la computadora del trabajo, el código para poder usar el teléfono. Hay veces en que ni siquiera sé cómo llegué a la página que estoy consultando.
Eso es cuando todo funciona razonablemente bien y el olvido es un pequeño tropezón de la memoria. Un mal rato que me juegan las neuronas (ah, ellas tan simpáticas; aunque no tanto como el sistema nervioso central, al que se le encanta ponerse a bailar, en forma de micro espasmos notables e incontrolables, cuando veo a alguien que me gusta).
Cuando las neuronas de verdad, se van por la verdad tropical, ¿quién nos salva de la sensación de indefensión cuando nos olvidamos completamente de la palabra mágica, el número secreto para abrirnos las puertas de la cotidianidad? Si de verdad somos observados por una sociedad infinitamente más inteligente, seremos el hazmerreír cuando nuestro primer instinto es: escribir una y otra vez la clave incorrecta. Si no funcionó en los cuentos de Alí Babá y los 40 ladrones, donde un pobre tipo no podía salir de la cueva y empezaba con "ábrete, ajonjolí; ábrete, almendra; ábrete, coriandro" ¿de verdad nos va a funcionar a nosotros?
La segunda opción empieza a tratar, una y otra vez, de obtener resultados distintos siguiendo el increíble patrón de ponernos frente a la máquina maldita y preguntarnos (le) "mmmhhhh, ¿cuándo fue la última vez que lo usé?... estaba... frente a un café... y me llegó la cuenta... y me fijé mucho que eran 438 pesos... ¿será que 438 es la contraseña? Suena a algo que haría... aunque... quizá no, porque seguro se me iba a olvidar que ésa era la contraseña" Y ponemos el 438, que, por supuesto, tampoco funciona.
Y, claramente, el tercer punto es invocar una deidad superior: va desde los dioses olímpicos hasta Steve Jobs "Por favor, favor... ¿qué era lo que tenía que poder?". Lo mejor de este punto es el que siempre llega y te pregunta, con voz autosuficiente: "¿qué no escribiste la contraseña en algún papel?". Dan ganas de contestar. "Sí, sólo hago esto para tener de qué platicar".
Lo cierto es que ahora tengo perdidas tantas contraseñas que ya no sé ni cómo acceder a mi memoria. Con mi suerte, seguro me encuentro de frente al Minotauro...
Ahora, con tanta tecnología que facilita la vida, me encuentro con que no me acuerdo de contraseñas esenciales para iniciar el día: el NIP de la tarjeta, la computadora del trabajo, el código para poder usar el teléfono. Hay veces en que ni siquiera sé cómo llegué a la página que estoy consultando.
Eso es cuando todo funciona razonablemente bien y el olvido es un pequeño tropezón de la memoria. Un mal rato que me juegan las neuronas (ah, ellas tan simpáticas; aunque no tanto como el sistema nervioso central, al que se le encanta ponerse a bailar, en forma de micro espasmos notables e incontrolables, cuando veo a alguien que me gusta).
Cuando las neuronas de verdad, se van por la verdad tropical, ¿quién nos salva de la sensación de indefensión cuando nos olvidamos completamente de la palabra mágica, el número secreto para abrirnos las puertas de la cotidianidad? Si de verdad somos observados por una sociedad infinitamente más inteligente, seremos el hazmerreír cuando nuestro primer instinto es: escribir una y otra vez la clave incorrecta. Si no funcionó en los cuentos de Alí Babá y los 40 ladrones, donde un pobre tipo no podía salir de la cueva y empezaba con "ábrete, ajonjolí; ábrete, almendra; ábrete, coriandro" ¿de verdad nos va a funcionar a nosotros?
La segunda opción empieza a tratar, una y otra vez, de obtener resultados distintos siguiendo el increíble patrón de ponernos frente a la máquina maldita y preguntarnos (le) "mmmhhhh, ¿cuándo fue la última vez que lo usé?... estaba... frente a un café... y me llegó la cuenta... y me fijé mucho que eran 438 pesos... ¿será que 438 es la contraseña? Suena a algo que haría... aunque... quizá no, porque seguro se me iba a olvidar que ésa era la contraseña" Y ponemos el 438, que, por supuesto, tampoco funciona.
Y, claramente, el tercer punto es invocar una deidad superior: va desde los dioses olímpicos hasta Steve Jobs "Por favor, favor... ¿qué era lo que tenía que poder?". Lo mejor de este punto es el que siempre llega y te pregunta, con voz autosuficiente: "¿qué no escribiste la contraseña en algún papel?". Dan ganas de contestar. "Sí, sólo hago esto para tener de qué platicar".
Lo cierto es que ahora tengo perdidas tantas contraseñas que ya no sé ni cómo acceder a mi memoria. Con mi suerte, seguro me encuentro de frente al Minotauro...
sábado, 5 de noviembre de 2011
¿Será tan terrible como parece?
Antes le tenía miedo al invierno nuclear. Ahora, con más años y más experiencia... mis temores por supuesto se han incrementado. Culpo en parte a Hollywood por ello: ¿de verdad, de verdad todo terminará sin que Terminator intervenga? Entre el calentamiento global, los virus, la codicia de Wall Street, el hacinamiento, el soilet green... Todo en un mágico fin de semana.
Cuando era un ser analógico y feliz, todo pasaba muy lejos. Pero claro, entré en la ondita de querer más y más entretenimiento, más diversión... y ahora, no quiero ni salir a la calle... Para colmo, ayer iba yo tan contenta en mis pensamientos (si, chilangos, sí: se puede ir en metrobús y aún así, estar en el mundo paralelo y feliz que ya hubiera querido Dorothy), cuando aparecieron de la nada, dos gemelos, páaaaaalidos y rubios, que se movían entre desconcertados y tratando de pasar desapercibidos con sus suéteres rojo pasión y azul chiclaminoso.
Hice un esfuerzo por no saltar rápidamente a su encuentro y preguntarles cómo era el futuro. Juro que traían cara de haber caído por error... aunque claro... frente a ellos estaba aquel chavo vestido de gótico y una chica con el pelo pintado de azul... eso sin mencionar a un grupo compuesto por 4 tías gordas, 12 niños y un bebé que se la pasó llorando. Supongo que la chica que iba sentada junto a ellos iba a protestar... pero ella estaba escondiendo un xoloscuincle en su morral, así que tampoco tenía demasiada autoridad moral.
Total, que los viajeros del futuro huyeron antes de que pudiera saber si el mundo post apocalíptico que nos ha regalado Hollywood con singular gracia, es verdad... o, si por el contrario, ya no hay forma que esto empeore y a lo mejor empezamos a vivir -ahora sí- en la ciudad de los Palacios. Digo, Homero llegó a construir un mundo donde llovían rosquillas. Yo me conformo con que acaben la línea 12 del metro. Ya de la Estela de Luz, mejor la dejamos para otro futuro...
Cuando era un ser analógico y feliz, todo pasaba muy lejos. Pero claro, entré en la ondita de querer más y más entretenimiento, más diversión... y ahora, no quiero ni salir a la calle... Para colmo, ayer iba yo tan contenta en mis pensamientos (si, chilangos, sí: se puede ir en metrobús y aún así, estar en el mundo paralelo y feliz que ya hubiera querido Dorothy), cuando aparecieron de la nada, dos gemelos, páaaaaalidos y rubios, que se movían entre desconcertados y tratando de pasar desapercibidos con sus suéteres rojo pasión y azul chiclaminoso.
Hice un esfuerzo por no saltar rápidamente a su encuentro y preguntarles cómo era el futuro. Juro que traían cara de haber caído por error... aunque claro... frente a ellos estaba aquel chavo vestido de gótico y una chica con el pelo pintado de azul... eso sin mencionar a un grupo compuesto por 4 tías gordas, 12 niños y un bebé que se la pasó llorando. Supongo que la chica que iba sentada junto a ellos iba a protestar... pero ella estaba escondiendo un xoloscuincle en su morral, así que tampoco tenía demasiada autoridad moral.
Total, que los viajeros del futuro huyeron antes de que pudiera saber si el mundo post apocalíptico que nos ha regalado Hollywood con singular gracia, es verdad... o, si por el contrario, ya no hay forma que esto empeore y a lo mejor empezamos a vivir -ahora sí- en la ciudad de los Palacios. Digo, Homero llegó a construir un mundo donde llovían rosquillas. Yo me conformo con que acaben la línea 12 del metro. Ya de la Estela de Luz, mejor la dejamos para otro futuro...
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