Entiendo que los humanos tenemos un muy particular modo de hacernos bolas (o cuadritos, como los terrones de azúcar), para prohibirnos una y otra y otra vez las cosas que nos gustan. Nos hemos puesto toda clase de trabas para portarnos "humanamente" y no andar dando rienda a nuestros instintos.
En la modernidad de nuestra vida ya tenemos un nivel francamente extraño de sofisticación: tenemos sustitutos para prácticamente todo lo que nos gusta pero nos hace daño, pero son eso: sustitutos, ¿Es que estamos olvidando nuestra vida para tener una especie de vida "pidata", sin azúcar, sin sal, sin grasas saturadas, sin desvelos?
Aunque claro, hemos ganado en salud. Además, el método anterior era bastante limitante. Seguramente todo empezó cuando el Señor se dio cuenta que el poner un letrero en el Jardín del Edén que dijera "prohibido arrancar manzanas" o "prohibido pisar el césped" tenía el mismo nivel de cumplimiento que una luz roja en el cruce de Insurgentes y Viaducto, así que optó por una política de tolerancia cero.
Y tenemos así siete pecados capitales: ira, gula, avaricia, lujuria, pereza, envidia y soberbia. Para garantizar que nos íbamos a portar bien, nos dieron el manual de cómo portarnos, y tenemos siete virtudes: Humildad, caridad, castidad, paciencia, templanza, compansión y diligencia .
Aunque, también es verdad que si uno es pecador estándar, con el nivel promedio de caer en tentaciones, también es verdad que los propios pecados pueden contrarrestarse entre sí: contra la ira, pereza; contra la gula, avaricia; contra la lujuria, también la pereza, porque la ira y la lujuria han generado toda una explosión natal alrededor del mundo, con eso de que a la gente le da por enojarse y luego contentarse... Contra la avaricia puede funcionar la soberbia para agarrar a billetazos a alguien.
Aunque, viendo el estado del mundo, tampoco esto ha funcionado muy bien. Lo cierto es que nos hemos contentado por transitar por la vida, como si tuviéramos el semáforo de Viaducto e Insurgentes... manejado por los polis.
La fuerza de Emily Brontë, la ironía de Jorge Ibargüengoitia, la belleza de Julio Cortázar, la sutileza de Bioy Casares. Así es... nada de eso está aquí, pero igual se pueden pasar un rato divertido.
lunes, 7 de diciembre de 2009
jueves, 3 de diciembre de 2009
Ser haragán y no morir en el intento
Estaba yo tiradota en el sofá disfrutando -y ejerciendo- el deporte nacional: quejarme.
Había razones de sobra para ello, bueno en el D.F. siempre hay razones para ello, pero ahora era mucho más particular: el día anterior había caído en las garras de un desaprensivo maestro de spinning que gritaba con el mayor gozo "vamos, ahora estamos subiendo la montaña" mientras yo pensaba "tomo el autobús y los espero arriba".
Al día siguiente, sólo externaba el quejido que emitía todo mi cuerpo. Claro, esperaba también cierta dosis de compasión, pero en mi familia, en vez del consabido apapacho, optan por soltar datos del National Geographic para que tengas perspectiva de la vida. Claro, podría ser peor: podrían citar a la Sedesol, pero no tenemos presupuesto para hacer el despliegue similar al que hizo el Secretario que nos explicaba, con entusiasmo de televangelista, sobre la pobreza endémica del país. Y luego dicen que los del PAN no tienen sentido del humor.
En fin, que volviendo a mi dolor y el sofá, recibí una sola respuesta a mis plegarias de adelgazar comiendo chocolates: "Los músculos necesitan contraerse para trabajar", fue el críptico mensaje de mi padre. Y yo que me quejo de las galletitas chinas.
Así que... el conejito necesita saltar, los antílopes correr, todo en orden de tener músculos esbeltos que funcionen. Leopardo panzón seguro que no cazará y morirá de hambre (mi familia también es muy dramática y suele terminar todas las frases con "y te mueres"). Sospecho que ellos fueron los que hicieron las campañas pro salud que hemos atestiguado últimamente: "si comes demasiado, te puede dar un infarto (y te mueres)", "si no haces ejercicio, te sube el colesterol (y te mueres)", "El café es malo para la salud (y si lo compras en Starbucks, aparentemente, ¡también te mueres!)".
Así que como ser humano que soy, debo lidiar con el hecho de que ya no siendo un animalito silvestre, debo inventarme actividades varias que permitan la contracción de los músculos, aunque algunas son francamente ridículas.
Porque enfrentémoslo: tendernos sobre la espalda, para subir hombros y parte del tronco, unas 350 veces, y después volver a quedar tendidos y sin ganas de hacer nada, no es exactamente la actividad más entretenida, como tampoco lo es nadar en círculos hasta quedar agotados o correr en cintas que nos llevan exactamente a ningún sitio.
Después de hacer todo eso, lo único que dan ganas es derretir una barra de chocolate con un poco de leche caliente, y agregarle mucha crema batida y caramelo.
Claro que siempre hay opciones donde el ejercicio no es una opción sino la única forma de sobrevivir, como salir a la calle, y tratar de esquivar, caminando, coches, perros, niños, bicicletas, peseros, camiones, patrullas y otras faunas más agresivas que pululan en esta ciudad. Pero esas ya son medidas extremas que se toman cuando no hay más fe en la vida.
Claro, una tercera y última opción es quedarse tiradote en el sofá y decir, bueh... de algo hay que morir. Abrir un paquete de galletas doble chocolate y comerlas filosóficamente.
Había razones de sobra para ello, bueno en el D.F. siempre hay razones para ello, pero ahora era mucho más particular: el día anterior había caído en las garras de un desaprensivo maestro de spinning que gritaba con el mayor gozo "vamos, ahora estamos subiendo la montaña" mientras yo pensaba "tomo el autobús y los espero arriba".
Al día siguiente, sólo externaba el quejido que emitía todo mi cuerpo. Claro, esperaba también cierta dosis de compasión, pero en mi familia, en vez del consabido apapacho, optan por soltar datos del National Geographic para que tengas perspectiva de la vida. Claro, podría ser peor: podrían citar a la Sedesol, pero no tenemos presupuesto para hacer el despliegue similar al que hizo el Secretario que nos explicaba, con entusiasmo de televangelista, sobre la pobreza endémica del país. Y luego dicen que los del PAN no tienen sentido del humor.
En fin, que volviendo a mi dolor y el sofá, recibí una sola respuesta a mis plegarias de adelgazar comiendo chocolates: "Los músculos necesitan contraerse para trabajar", fue el críptico mensaje de mi padre. Y yo que me quejo de las galletitas chinas.
Así que... el conejito necesita saltar, los antílopes correr, todo en orden de tener músculos esbeltos que funcionen. Leopardo panzón seguro que no cazará y morirá de hambre (mi familia también es muy dramática y suele terminar todas las frases con "y te mueres"). Sospecho que ellos fueron los que hicieron las campañas pro salud que hemos atestiguado últimamente: "si comes demasiado, te puede dar un infarto (y te mueres)", "si no haces ejercicio, te sube el colesterol (y te mueres)", "El café es malo para la salud (y si lo compras en Starbucks, aparentemente, ¡también te mueres!)".
Así que como ser humano que soy, debo lidiar con el hecho de que ya no siendo un animalito silvestre, debo inventarme actividades varias que permitan la contracción de los músculos, aunque algunas son francamente ridículas.
Porque enfrentémoslo: tendernos sobre la espalda, para subir hombros y parte del tronco, unas 350 veces, y después volver a quedar tendidos y sin ganas de hacer nada, no es exactamente la actividad más entretenida, como tampoco lo es nadar en círculos hasta quedar agotados o correr en cintas que nos llevan exactamente a ningún sitio.
Después de hacer todo eso, lo único que dan ganas es derretir una barra de chocolate con un poco de leche caliente, y agregarle mucha crema batida y caramelo.
Claro que siempre hay opciones donde el ejercicio no es una opción sino la única forma de sobrevivir, como salir a la calle, y tratar de esquivar, caminando, coches, perros, niños, bicicletas, peseros, camiones, patrullas y otras faunas más agresivas que pululan en esta ciudad. Pero esas ya son medidas extremas que se toman cuando no hay más fe en la vida.
Claro, una tercera y última opción es quedarse tiradote en el sofá y decir, bueh... de algo hay que morir. Abrir un paquete de galletas doble chocolate y comerlas filosóficamente.
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martes, 1 de diciembre de 2009
Juanito y Clarita: un amor como no hay otro igual (afortunadamente)
Ciertamente, chiquillos maravillosos, México no es Disneylandia. Nacer en un país donde la vida no vale nada, nos hace más proclives a tomar decisiones que no están fundamentadas en el sentido común.
Podemos decir que los Noruegos son fríos y tienen un clima espantoso y hay muchos suicidios (variante "B" de la vida no vale nada), pero al menos se aburren con dignidad.
Aquí, por el contrario, nos gustan las emociones fuertes, beber el tequila de la botella e ir a echar balazo al Tenampa (y a algún que otro Starbucks).
O quizá es que después de estar tan expuestos a Laguna Verde y el entretenimiento ñoño de las telenovelas que comienzan a coquetear con la oligofrenia es que ya nos parece hasta graciosa la historia de amor, como no hay otra igual, de "Clarita y Juanito".
La trama empezaba bien: Ella es una muchacha dulce y campirana, que a las primeras de cambio, se sube al lomo del caballo, flores en el pelo y saludando uno largo y otro corto, y que por cuestiones ajenas a esta telenovela, sólo sabemos que no pudo contender a la corona de la Reina de Iztapala.
Él, claramente, tiene una debilidad por los reflectores y vaya que los ha sabido aprovechar, con escenas tan memorables como quitarse la camisa a la primer provocación, como en aquel innenarrable capítulo de premiación de Mr. México, Mr. Músculo o Mr. Tanga, que para el caso es lo mismo.
Cierto: no eran el uno para el otro, pero en la política, que exige menos verosimilidad que cualquier novela rosa, los puso en el mismo camino.
Se amaron tiernamente hasta que los intereses oscuros volvieron loco a Juanito, quien dicho sea de paso, jamás nos convenció en que era la mente brillante que llevaría a Iztapalapa al Edén, por lo que el argumento de "se volvió loco" es bastante debatible. Y otra tangente: nunca he entendido por qué se habla de oscuros intereses cuando son bastante transparentes. (Era como cuando acusaban a los políticos de enriquecimiento inexplicable...)
Total que ahora tenemos en encamotamiento (no encamamiento, favor de leer bien) que deja a la muy lamentable adaptación de Corazón Salvaje en calidad de pieza literaria contendiente al Premio Nóbel.
Más allá de los candados legales, leyes, gritos, votos y todo lo que puedan hacer para mandar a cada quién a su esquina, no puedo dejar de tener cierta condolencia sobre cómo será Juanito en unos meses, si es que esta comedia política no termina en tragdia, y pueda recordar esta época como la más feliz, escuchando el coro de "Ay Juanito no te rajes" y el ufano respondía "Y Juanito no se rajó"...
Podemos decir que los Noruegos son fríos y tienen un clima espantoso y hay muchos suicidios (variante "B" de la vida no vale nada), pero al menos se aburren con dignidad.
Aquí, por el contrario, nos gustan las emociones fuertes, beber el tequila de la botella e ir a echar balazo al Tenampa (y a algún que otro Starbucks).
O quizá es que después de estar tan expuestos a Laguna Verde y el entretenimiento ñoño de las telenovelas que comienzan a coquetear con la oligofrenia es que ya nos parece hasta graciosa la historia de amor, como no hay otra igual, de "Clarita y Juanito".
La trama empezaba bien: Ella es una muchacha dulce y campirana, que a las primeras de cambio, se sube al lomo del caballo, flores en el pelo y saludando uno largo y otro corto, y que por cuestiones ajenas a esta telenovela, sólo sabemos que no pudo contender a la corona de la Reina de Iztapala.
Él, claramente, tiene una debilidad por los reflectores y vaya que los ha sabido aprovechar, con escenas tan memorables como quitarse la camisa a la primer provocación, como en aquel innenarrable capítulo de premiación de Mr. México, Mr. Músculo o Mr. Tanga, que para el caso es lo mismo.
Cierto: no eran el uno para el otro, pero en la política, que exige menos verosimilidad que cualquier novela rosa, los puso en el mismo camino.
Se amaron tiernamente hasta que los intereses oscuros volvieron loco a Juanito, quien dicho sea de paso, jamás nos convenció en que era la mente brillante que llevaría a Iztapalapa al Edén, por lo que el argumento de "se volvió loco" es bastante debatible. Y otra tangente: nunca he entendido por qué se habla de oscuros intereses cuando son bastante transparentes. (Era como cuando acusaban a los políticos de enriquecimiento inexplicable...)
Total que ahora tenemos en encamotamiento (no encamamiento, favor de leer bien) que deja a la muy lamentable adaptación de Corazón Salvaje en calidad de pieza literaria contendiente al Premio Nóbel.
Más allá de los candados legales, leyes, gritos, votos y todo lo que puedan hacer para mandar a cada quién a su esquina, no puedo dejar de tener cierta condolencia sobre cómo será Juanito en unos meses, si es que esta comedia política no termina en tragdia, y pueda recordar esta época como la más feliz, escuchando el coro de "Ay Juanito no te rajes" y el ufano respondía "Y Juanito no se rajó"...
lunes, 30 de noviembre de 2009
¿La felicidad está en el claxón?
No falla. Apenas cambia la luz roja a verde y aún no pasa ni una milésima de segundo cuando ya hay alguien tocando el claxón.
Ante el apasionamiento entre conductor-claxón, lo único que me queda imaginar es que en realidad me han mentido respecto al mundo sagrado y profano, y esa bocina eléctrica, como la define la Real Academia de la Lengua, es una tótem sagrado, una forma de entrar a una dimensión divina para obtener ruego a nuestras plegarias.
Al menos cumple respecto a la omniscencia, está en cualquier calle, avenida, camino; sin importar la hora, si hay o no autos. Ahí está el claxón.
Otra opción, mucho más terrena es que la gente que toca el claxón recibe tal descolocón de endorfinas que no puede dejar de hacerlo. Una especie de morfina auditiva. Claro, mi teoría dura exactamente lo del claxonazo, porque posteriormente empieza el aventadero de lámina, mentadas y miradas asesinas, que francamente no entiendo.
¿Qué ocurrió?, ¿el claxón no estaba de humor?, ¿le dolía la cabeza?, ¿en realidad no fue el claxón, fue uno?, ¿necesitan darse tiempo?, ¿lo soltó antes de tiempo o más bien, lo apretujó demasiado y se pasó la magia?, ¿ya no es lo mismo?
Lo peor es que la ansiedad desatada por el claxón se comienza a filtrar en distintos ámbitos... como los timbres de las casas. Tocar 18 veces puede garantizar que la gente sepa que la estamos buscando, lo que seguramente no conllevará será una cara feliz tras la puerta.
Tocar 24 veces el botón de llamar el elevador tampoco hará que vaya más rápido... en una de esas, en realidad es al contrario: "el del piso 18 ya van 14 veces que me dice que vaya... pues no, ahora no. Ahora me quedo aquí tan campante!" E igual puede pasar con las computadoras y nuestra dependencia a dar 12 clics sobre el mismo mail para asegurarnos de su envío. "¡Qué sí, que ya voy!!!! Pero ahora no me voy por banda ancha, sino por la más angosta!!!", bueno que con los servicios de internet de México, tampoco es que se note demasiado si el correo decidió irse por la libre o por la de cuota.En fin, nuestra desesperación no conoce límites... como me está demostrando este blog que no termina de desplegarse...
Ante el apasionamiento entre conductor-claxón, lo único que me queda imaginar es que en realidad me han mentido respecto al mundo sagrado y profano, y esa bocina eléctrica, como la define la Real Academia de la Lengua, es una tótem sagrado, una forma de entrar a una dimensión divina para obtener ruego a nuestras plegarias.
Al menos cumple respecto a la omniscencia, está en cualquier calle, avenida, camino; sin importar la hora, si hay o no autos. Ahí está el claxón.
Otra opción, mucho más terrena es que la gente que toca el claxón recibe tal descolocón de endorfinas que no puede dejar de hacerlo. Una especie de morfina auditiva. Claro, mi teoría dura exactamente lo del claxonazo, porque posteriormente empieza el aventadero de lámina, mentadas y miradas asesinas, que francamente no entiendo.
¿Qué ocurrió?, ¿el claxón no estaba de humor?, ¿le dolía la cabeza?, ¿en realidad no fue el claxón, fue uno?, ¿necesitan darse tiempo?, ¿lo soltó antes de tiempo o más bien, lo apretujó demasiado y se pasó la magia?, ¿ya no es lo mismo?
Lo peor es que la ansiedad desatada por el claxón se comienza a filtrar en distintos ámbitos... como los timbres de las casas. Tocar 18 veces puede garantizar que la gente sepa que la estamos buscando, lo que seguramente no conllevará será una cara feliz tras la puerta.
Tocar 24 veces el botón de llamar el elevador tampoco hará que vaya más rápido... en una de esas, en realidad es al contrario: "el del piso 18 ya van 14 veces que me dice que vaya... pues no, ahora no. Ahora me quedo aquí tan campante!" E igual puede pasar con las computadoras y nuestra dependencia a dar 12 clics sobre el mismo mail para asegurarnos de su envío. "¡Qué sí, que ya voy!!!! Pero ahora no me voy por banda ancha, sino por la más angosta!!!", bueno que con los servicios de internet de México, tampoco es que se note demasiado si el correo decidió irse por la libre o por la de cuota.En fin, nuestra desesperación no conoce límites... como me está demostrando este blog que no termina de desplegarse...
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viernes, 27 de noviembre de 2009
Todos tienen un blog
Un amigo al que considero un modelo de sentido común resumía que "el que casi todos los hombres toquen la guitarra es casi igual de común y aburrido que el que las mujeres escriban poesía o cuento". Tiene toda la razón: No sólo buscamos la sensibilidad, sino que además queremos demostrar que lo somos, a través de todo tipo de canales, y ahora, con las redes sociales, es un sueño hecho realidad.
No creo que esta fiebre tenga que ver con la necesidad de expresar pensamientos profundos, ni con el tema de que después de 70 años de príato y dos sexenios empanizados tengamos la compulsión de compartir inquietudes ciudadanas...
Más bien, comienzo a sospechar que todos los humanos llevamos un pequeño dictador interno que nos obliga a recordarle al mundo cuán equivocado está a través de darle un poco de nuestra percepción del mundo.
Quizá son las ganas de poner envidioso al prójimo lo que ha hecho que las sociedades avancen... psamos del "miraaaa, camino erecto y tú no", a "mi cueva es más grande", o alguna frase que seguramente se dijo en algún momento: "Yo cocino con fuego...- expresión que seguramente fue acompañada del primer levantamiento de ceja de la historia ante la masa cruda de lo que antes fue un antílope, conejo o lo que gusten-.
Claro, ahora hemos evolucionado y decimos: "te voy a mandar el link de mi blog", "¿Ya viste mis fotos en facebook", "Tengo 10 mil seguidores en twitter.
Por cierto, tampoco es que seamos tremendamente originales. Las peleas contra el mundo han sido una constante. Hace poco cayó en mis manos (aunque más bien debió haber callado en mis manos) un libro de León Bloy, un "enfant terrible", que durante 400 páginas de su diario se dedica a dejar constancia de todos los que no le caen bien y decir cuán vacío, maldito y bruto es este mundo, (supongo que entre otras cosas, por no reconocer su genio literario, porque su genio de carácter seguro que más de uno tuvo la desdicha de tenerlo que aguantar).
En fin, que nos gusta hablar porque tenemos boca (o dedos más o menos ágiles para llenar blogs como éste, twitter o facebook), nos gustan las peleas bizantinas (Quizá Bizancio en realidad fue una cantina donde después de seis chelas parecía fundamental pensar sobre si los ángeles tenían sexo o no).
Ya se acabaron aquellas épocas en que las familias se reunían junto al piano a escuchar a los vástagos de los anfitriones ejecutar (en muchas ocasiones, éste es el único verbo) alguna pieza deleitable, mientras los invitados se fugaban a un mundo mejor mientras degustaban chocolatitos con brandy (ellos) y rompopito con tortitas de jalea (ellas).
Ahora nos reunimos frente a la tele para ver quién es mejor en Guitar Hero... O tempora, o mores
No creo que esta fiebre tenga que ver con la necesidad de expresar pensamientos profundos, ni con el tema de que después de 70 años de príato y dos sexenios empanizados tengamos la compulsión de compartir inquietudes ciudadanas...
Más bien, comienzo a sospechar que todos los humanos llevamos un pequeño dictador interno que nos obliga a recordarle al mundo cuán equivocado está a través de darle un poco de nuestra percepción del mundo.
Quizá son las ganas de poner envidioso al prójimo lo que ha hecho que las sociedades avancen... psamos del "miraaaa, camino erecto y tú no", a "mi cueva es más grande", o alguna frase que seguramente se dijo en algún momento: "Yo cocino con fuego...- expresión que seguramente fue acompañada del primer levantamiento de ceja de la historia ante la masa cruda de lo que antes fue un antílope, conejo o lo que gusten-.
Claro, ahora hemos evolucionado y decimos: "te voy a mandar el link de mi blog", "¿Ya viste mis fotos en facebook", "Tengo 10 mil seguidores en twitter.
Por cierto, tampoco es que seamos tremendamente originales. Las peleas contra el mundo han sido una constante. Hace poco cayó en mis manos (aunque más bien debió haber callado en mis manos) un libro de León Bloy, un "enfant terrible", que durante 400 páginas de su diario se dedica a dejar constancia de todos los que no le caen bien y decir cuán vacío, maldito y bruto es este mundo, (supongo que entre otras cosas, por no reconocer su genio literario, porque su genio de carácter seguro que más de uno tuvo la desdicha de tenerlo que aguantar).
En fin, que nos gusta hablar porque tenemos boca (o dedos más o menos ágiles para llenar blogs como éste, twitter o facebook), nos gustan las peleas bizantinas (Quizá Bizancio en realidad fue una cantina donde después de seis chelas parecía fundamental pensar sobre si los ángeles tenían sexo o no).
Ya se acabaron aquellas épocas en que las familias se reunían junto al piano a escuchar a los vástagos de los anfitriones ejecutar (en muchas ocasiones, éste es el único verbo) alguna pieza deleitable, mientras los invitados se fugaban a un mundo mejor mientras degustaban chocolatitos con brandy (ellos) y rompopito con tortitas de jalea (ellas).
Ahora nos reunimos frente a la tele para ver quién es mejor en Guitar Hero... O tempora, o mores
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miércoles, 25 de noviembre de 2009
A la búsqueda de la palabra precisa
El problema no es que él tuviera alma de poeta (que la tenía). A diferencia de todos los que creen que empuñar (como quien blande una espada) una pluma es igual a escribir, él realmente tenía un don con las palabras. Sabía escogerlas, sopesarlas, ponerlas de forma precisa para decir todo lo que su corazón atesoraba.
Tampoco era un problema que ella se supiera bella. Estaba acostumbrada a que le dijeran que era una muñequita de cabellos de oro, de dientes de perla, labios de rubí.
Quizá es que ella fuera pragmática y las palabras usualmente asociadas al amor: nunca, siempre, eterno, le fueran ligeramente indiferentes: un bichito que se arrastra por la piel para no llegar a ningún lado.
Para él, las palabras eran un ramo de flores, un regalo que entra por el oído, una floritura caprichosa que igual viajaba por aire que en papel, un regalo exótico que reflejaba noches en vela de búsqueda de lo extraordinario que le permitía reflejar su sentir.
Mientras él sentía como las ojeras comenzaban a crujir bajo el peso de las mañanas, ella permanecía impávida, con la mirada suave y amable, la misma con la que se despidió desde la cubierta del barco.
La distancia parecía una prueba adicional y decidió mandar cartas largas, escritas en delicados folios con cuidada escritura, describiéndole minuciosamente la pena que le embargaba ante su lejanía, privado de su belleza... hasta que se quedó sin palabras: no había metáfora que no hubiera explorado, hipérbole en la que no se hubiera perdido o perífrasis que no hubiera examinado y todas habían recibido idéntica respuesta: el silencio.
Sin más esperanza que su propio sentimiento, arrancó una hoja de un cuaderno cualquiera y puso dos palabras, las últimas que le quedaban. Cayó presa de la fiebre, del agotamiento, de la tristeza.
Cuando abrió los ojos, ella estaba justo ante él, con la mirada encendida y los labios sonrientes.
Ya no había palabras entre ellos.
Tampoco era un problema que ella se supiera bella. Estaba acostumbrada a que le dijeran que era una muñequita de cabellos de oro, de dientes de perla, labios de rubí.
Quizá es que ella fuera pragmática y las palabras usualmente asociadas al amor: nunca, siempre, eterno, le fueran ligeramente indiferentes: un bichito que se arrastra por la piel para no llegar a ningún lado.
Para él, las palabras eran un ramo de flores, un regalo que entra por el oído, una floritura caprichosa que igual viajaba por aire que en papel, un regalo exótico que reflejaba noches en vela de búsqueda de lo extraordinario que le permitía reflejar su sentir.
Mientras él sentía como las ojeras comenzaban a crujir bajo el peso de las mañanas, ella permanecía impávida, con la mirada suave y amable, la misma con la que se despidió desde la cubierta del barco.
La distancia parecía una prueba adicional y decidió mandar cartas largas, escritas en delicados folios con cuidada escritura, describiéndole minuciosamente la pena que le embargaba ante su lejanía, privado de su belleza... hasta que se quedó sin palabras: no había metáfora que no hubiera explorado, hipérbole en la que no se hubiera perdido o perífrasis que no hubiera examinado y todas habían recibido idéntica respuesta: el silencio.
Sin más esperanza que su propio sentimiento, arrancó una hoja de un cuaderno cualquiera y puso dos palabras, las últimas que le quedaban. Cayó presa de la fiebre, del agotamiento, de la tristeza.
Cuando abrió los ojos, ella estaba justo ante él, con la mirada encendida y los labios sonrientes.
Ya no había palabras entre ellos.
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domingo, 1 de noviembre de 2009
Hay días así...
Hay días que soy un gato negro, con el lomo erizado. No hay palabras que reconforten, ni caricias de palmas cálidas que aún tienen en sí la promesa del café caliente, del periódico matutino. Sólo sensaciones, pasos ligeros que apenas suenen, discretas salidas que desconcertarían aún al propio deseo.
Suenan las campanas que avisan hacia dónde va la gente. Me subo a los tejados y ando a mi aire.
Suenan las campanas que avisan hacia dónde va la gente. Me subo a los tejados y ando a mi aire.
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