El problema de los primeros días del año es que uno se aboca a hacer el balance de lo vivido y generar expectativas sobre el futuro.
Mis balances, invariablemente, tienen un toque de melancolía, y dependiendo la falta de azúcar en mi sistema, alguna que otra nota amarga: los viajes que aún me faltan, los amores no realizados, las promesas que no terminan por cumplirse.
Como en mi casa, además, hemos perfeccionado el arte de la tirada al piso (si fuera deporte olímpico, arrasaríamos con el oro), empezamos los balances con "si tan solo hubiera sido distinto...", una expresión tan útil como "¿qué no te fijaste que había una varilla en el piso? ¿cómo te fuiste a caer?".
Respecto a las expectativas, dependiendo de las deudas acumuladas en la tarjeta de crédito, se vuelven más o menos pragmáticas. O eso creo, porque finalmente, las expectativas se vuelven delirios del presente, una especie de retrato afiebrado acicatado por el deseo: la lámpara mágica para inclinar al destino a nuestro favor.
Soy fiel a mis deseos de ganarme la lotería aunque jamás compro boleto. Pido por tener paciencia, aunque la pierdo con asombrosa rapidez. Últimamente, mi mayor deseo es no encontrar tanto tráfico, mismo que no sé si sea un signo de mayor madurez o una abdicación sobre tener miras más nobles como la paz mundial o encontrar la fórmula que acabe con la pobreza.
Ante la duda, seguiré con mis expectativas, endulzadas con la ignorancia. Total, siempre hay un mañana.
La fuerza de Emily Brontë, la ironía de Jorge Ibargüengoitia, la belleza de Julio Cortázar, la sutileza de Bioy Casares. Así es... nada de eso está aquí, pero igual se pueden pasar un rato divertido.
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jueves, 6 de enero de 2011
martes, 5 de octubre de 2010
La metáfora de lo literal
Hay frases que conservan cierto halo de misterio, quizá porque a veces nos parecen metafóricas y otras veces, profundamente literales.
Nunca he entendido por qué cuando el tecolote canta, el indio muere; sin embargo, cada vez que la escucho me parece sobrecogedora, de mal fario y peor augurio.
Un poco como aquella vez que llegamos a un pueblo donde ponían "Bienvenidos" en una gran barda, que casualmente era la del cementerio. Nunca les creí que vieran con muy buenos ojos a los turistas que llegábamos.
Otra muestra de misterio eran las respuestas de mi abuela. "¿Cómo está?" Ella se acomodaba el rebozo, suspiraba y sonreía "ay hija, ahí entre azul y buenas noches". Y yo me quedaba sin palabras (una hazaña que todavía a la fecha se la celebran), sin saber ni siquiera qué cara poner.
La primera vez que escuché sobre "quemar las naves", confieso que no entendí. Era una frase que me parecía tan fuera de lugar como un gran elefante de felpa rosa enmedio de Tlalpan.
¿Por qué quemaban las naves en la clase de historia de México? No entendía. Me parecía algo más del estilo de lo que veíamos en clase de español, con sus metáforas e hipérboles; hasta que alguien se tomó la molestia de explicarme que efectivamente, Hernán Cortés había prendido fuego a los barcos.
Eso me causó aún más sorpresa. ¿Por qué?, ¿para qué? Y la respuesta pareció tan poética como la misma expresión: para que no tuvieran cómo regresar.
Desde entonces, cada vez que alguien quema sus naves, no puedo más que admirar esa decisión, de las pocas donde lo pragmático alcanza lo poético.
El mar prevalece pero no hay cómo cruzarlo. La decisión no se lleva a la ligera. No hay loco que juegue con fuego. Se encienden las teas, reverbera la luz, mientras se evoca a la patria abandonada, al "antes" al que se renuncia, aún cuando sea una idea dulce y conocida, tan familiar como la manta con la que nos defendemos del frío matutino o el café con el que elegimos despertar.
Llevamos la antorcha y decidimos no volver atrás. Prendemos fuego buscando sacrificar nuestra nostalgia, o purificar nuestras decisiones.
Y así, sin camino de vuelta ni certeza, empezamos nuestro nuevo mundo.
Nunca he entendido por qué cuando el tecolote canta, el indio muere; sin embargo, cada vez que la escucho me parece sobrecogedora, de mal fario y peor augurio.
Un poco como aquella vez que llegamos a un pueblo donde ponían "Bienvenidos" en una gran barda, que casualmente era la del cementerio. Nunca les creí que vieran con muy buenos ojos a los turistas que llegábamos.
Otra muestra de misterio eran las respuestas de mi abuela. "¿Cómo está?" Ella se acomodaba el rebozo, suspiraba y sonreía "ay hija, ahí entre azul y buenas noches". Y yo me quedaba sin palabras (una hazaña que todavía a la fecha se la celebran), sin saber ni siquiera qué cara poner.
La primera vez que escuché sobre "quemar las naves", confieso que no entendí. Era una frase que me parecía tan fuera de lugar como un gran elefante de felpa rosa enmedio de Tlalpan.
¿Por qué quemaban las naves en la clase de historia de México? No entendía. Me parecía algo más del estilo de lo que veíamos en clase de español, con sus metáforas e hipérboles; hasta que alguien se tomó la molestia de explicarme que efectivamente, Hernán Cortés había prendido fuego a los barcos.
Eso me causó aún más sorpresa. ¿Por qué?, ¿para qué? Y la respuesta pareció tan poética como la misma expresión: para que no tuvieran cómo regresar.
Desde entonces, cada vez que alguien quema sus naves, no puedo más que admirar esa decisión, de las pocas donde lo pragmático alcanza lo poético.
El mar prevalece pero no hay cómo cruzarlo. La decisión no se lleva a la ligera. No hay loco que juegue con fuego. Se encienden las teas, reverbera la luz, mientras se evoca a la patria abandonada, al "antes" al que se renuncia, aún cuando sea una idea dulce y conocida, tan familiar como la manta con la que nos defendemos del frío matutino o el café con el que elegimos despertar.
Llevamos la antorcha y decidimos no volver atrás. Prendemos fuego buscando sacrificar nuestra nostalgia, o purificar nuestras decisiones.
Y así, sin camino de vuelta ni certeza, empezamos nuestro nuevo mundo.
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lunes, 20 de julio de 2009
Cambio 3 B's por 3 I's
Después de varias citas desastrosas, de respuestas absolutamente increíbles, que dejan a Homero Simpson en calidad de filósofo postmodernista imaginativo con su salida de "Mira Marge, mi amor es el mar, conozcamos a otras personas", he decido cambiar el molde de mujer soltera chilanga regida por las tres "B's": Buena, Bonita y Bruta.
No es que ahora me tumbe en el sofá y me dedique a fugarme a un mundo paralelo. Tengo deudas y cuentas que pagar, incluyendo a Hacienda que hace el favor de ocupar el papel de marido y quedarse con parte de mis quincenas.
Así que seguiré siendo la ciudadana modelo que he sido hasta ahora, sólo que ya no quiero entrar en el esquema que con tanta devoción nos ha inculcado el cine de oro nacional.
Empecemos por la bondad (la buena de buenez es una categoría aparte), y aquí entra en escena doña "Marga López" y toooooooooodas las madres que interpretó en el cine, una tribuna desde donde nos conminaron a ser más buenas que el pan integral. Buenas hasta la pared de enfrente; y que no es otra cosa que ser un tapetazo de lujo, porque hay que tragarse las penas, perdonar todos los defectos, ser un pilar de fortaleza para todos los que busquen refugios, nunca, nunca, nunca emitir una queja o armar una bronca, y centrar toda la vida en los otros, porque las mujeres no tenían más que ocuparse de las necesidades de un tercero, llámese marido, padres, hijos, perro de la esquina o cualquier otro ente.
La segunda "B" es la de bonitas, porque las bonitas siempre se quedan con el galán. Ahí, más que el cine mexicano, que tuvo una etapa en que ser gordibuena era lo de hoy, nos fastidió Hollywood y su modelo "anorexic style". Hay que comer sólo ensalada, beber dos litros diario de agua y olvidarse de los postres. O pedir pero no comerlo, como hacía el personaje de Uma Thurman en "La Verdad de los perros y los gatos"
Y aparentemente, también hay que ser brutas, y como ejemplo ahí está Bridget Jones, la de la película, que tiene poco qué ver con la versión un poco más cínica que la del libro. A mí me cae bien Bridget Jones, pero hay momentos en que no entiendo qué hace un abogado exitoso y aparentemente listo como Mark Darcy con ella!
En fin, dado que las tres B's no me han funcionado, y para prueba está mi desastroso historial amoroso con finales de: "no eres tú, soy yo" (ajá), "es que tengo miedo de iniciar una nueva relación" (Oye! Miedo si fuera yo de la banda la flor), "no sé si estoy dispuesto a entrar a otra relación" (si lo piensas, no estás dispuesto, no pierdas más tu tiempo y el mío), "yo berrinchitos no voy a aguantar" (perfecto, yo tampoco); he decidido que optaré por el modelo de las tres "I's": Inteligente, independiente e Interesante. Creo que es como pasar de ser empleado a ser tu propio jefe. La idea me gusta.
No es que ahora me tumbe en el sofá y me dedique a fugarme a un mundo paralelo. Tengo deudas y cuentas que pagar, incluyendo a Hacienda que hace el favor de ocupar el papel de marido y quedarse con parte de mis quincenas.
Así que seguiré siendo la ciudadana modelo que he sido hasta ahora, sólo que ya no quiero entrar en el esquema que con tanta devoción nos ha inculcado el cine de oro nacional.
Empecemos por la bondad (la buena de buenez es una categoría aparte), y aquí entra en escena doña "Marga López" y toooooooooodas las madres que interpretó en el cine, una tribuna desde donde nos conminaron a ser más buenas que el pan integral. Buenas hasta la pared de enfrente; y que no es otra cosa que ser un tapetazo de lujo, porque hay que tragarse las penas, perdonar todos los defectos, ser un pilar de fortaleza para todos los que busquen refugios, nunca, nunca, nunca emitir una queja o armar una bronca, y centrar toda la vida en los otros, porque las mujeres no tenían más que ocuparse de las necesidades de un tercero, llámese marido, padres, hijos, perro de la esquina o cualquier otro ente.
La segunda "B" es la de bonitas, porque las bonitas siempre se quedan con el galán. Ahí, más que el cine mexicano, que tuvo una etapa en que ser gordibuena era lo de hoy, nos fastidió Hollywood y su modelo "anorexic style". Hay que comer sólo ensalada, beber dos litros diario de agua y olvidarse de los postres. O pedir pero no comerlo, como hacía el personaje de Uma Thurman en "La Verdad de los perros y los gatos"
Y aparentemente, también hay que ser brutas, y como ejemplo ahí está Bridget Jones, la de la película, que tiene poco qué ver con la versión un poco más cínica que la del libro. A mí me cae bien Bridget Jones, pero hay momentos en que no entiendo qué hace un abogado exitoso y aparentemente listo como Mark Darcy con ella!
En fin, dado que las tres B's no me han funcionado, y para prueba está mi desastroso historial amoroso con finales de: "no eres tú, soy yo" (ajá), "es que tengo miedo de iniciar una nueva relación" (Oye! Miedo si fuera yo de la banda la flor), "no sé si estoy dispuesto a entrar a otra relación" (si lo piensas, no estás dispuesto, no pierdas más tu tiempo y el mío), "yo berrinchitos no voy a aguantar" (perfecto, yo tampoco); he decidido que optaré por el modelo de las tres "I's": Inteligente, independiente e Interesante. Creo que es como pasar de ser empleado a ser tu propio jefe. La idea me gusta.
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