Antes veía las series de televisión para distraerme de la cruda realidad. Ahora las veo para obsesionarme. ¿El caso más reciente?: "Miénteme" (Lie to Me) La trama es lo de menos (un grupo de investigadores que se dedican a desenmascarar, con puro método científico, las mentiras de los demás), pero no puedo dejar de pensar en un dato que dieron (y, aparentemente, real): en una conversación de diez minutos, una persona dice en promedio tres mentiras.
No hablamos de estafadores, ladrones, y no, tampoco de políticos profesionales (lo siento, pero esa profesión está muy desprestigiada): conversaciones normales, las que sostenemos día a día en nuestros círculos, cercanos o lejanos, pero -eventualmente- con gente a quienes no tendríamos a quienes mentir... o al menos, no demasiado. Llevo días con la duda: ¿sobre qué tanto podemos mentir?, ¿de qué queremos mentir?, ¿y a quién le mentimos tanto?
Seguro tendremos las mentiras cotidianas, las que nos decimos a nosotros mismos ("pues no, no me veo tan gorda con este vestido"), y las que decimos que son "verdades a medias" porque en realidad, son para no lastimar a alguien, y que pueden abarcar desde el consabido éxito taquillero: "no eres tú, soy yo" hasta la siempre adorable excusa: "mamá, voy al cine y me voy a tardar, no sé a qué hora voy a regresar" o, la que hemos dicho en alguna Navidad o cumpleaños: "me encantó el sueter verde limón".
Por supuesto que hay mentiras que nos dicen y estamos dispuestos a creer: "nadie me ha hecho sentir como tú", "te amaré toda la vida", e incluso las más perversas o trilladas, del estilo: "es que mi mujer no me entiende, en cambio, contigo es tan distinto".
Además, están las mentiras laborales, las que decimos porque puede estar en peligro nuestra sobrevivencia o porque es la marca de cualquier burocracia que se respete y que pueden condensarse en dos grandes vertientes: "el licenciado no está", y el siempre presto: "me da mucha pena no poder ayudarle, pero ya ve cómo son estos trámites".
Una de mis favoritas es la que escuché en el metrobus: "te juro que estoy aquí abajo, esperando que llegue el elevador", y todos dirigimos una sesgada mirada de reproche al emisor de tan bonito mensaje, quien todavía se bajó 3 ó 4 paradas después de aquella aseveración.
Ahora, quizá en México veamos con mayor naturalidad estas mentiras o medias verdades porque también es más permisivo nuestro límite entre la ficción y la realidad, una frontera que no siempre está clara, y que nos regala imágenes delirantes de un camión lleno de gallinas atorado o volcado en carretera, helicópteros que caen enmedio de avenidas, caballos que corren desbocados hasta estrellarse con un taxi, elefantes que se fugan del circo y terminan en medio de una carretera, manifestaciones públicas a favor o en contra de alguna justa causa social y que deja a una marea detenida de automovilistas durante ocho horas...
¿Qué hacer entonces?, ¿será cierto lo que decía Jack Nicholson en "Cuestión de Honor"?: "¿La verdad?, ¡Ustedes no pueden manejar la verdad!" El problema es que el último que se fugo a la tierra de Nunca Jamás, no le fue precisamente bien... Quizá por eso la realidad deba venir mejor en pequeñas dosis.