Lo bueno de Hollywood es que nos ayuda a tener perspectiva --ya no digamos del mundo (interno o externo)-- sino del Universo. Uno puede ver cómo los habitantes de otro planeta tampoco saben resolver sus ansiedades, los mundos post apocalípticos regresan a los sacrificios humanos (aparentemente la evolución se convierte en involución en algún punto de la línea del tiempo), y no importa a qué velocidad pueda viajar uno, siempre habrá alguien a quién querer evitar (aparentemente, tampoco importa el tamaño del planeta en el que uno esté).
Eso ayuda... Siempre me ha parecido una gran terapia enfrentar la inmesidad, del mar, del cielo (podría convertirme en escritora de boleros); o (mucho menos poético) ver la cantidad de personas que transitan por una estación del metro. Si cada cabeza es un mundo, es de sorprender que todavía no estemos en un escenario post- apocalíptico.
También es cierto que no hay más inmensidad que las 24 horas del día, porque realmente no sabemos qué hacer con el tiempo que tenemos entre las manos. A veces caemos en el vórtice de un programa tras otro, de un camino tras otro, de una junta tras otra.
Por eso me gustan las resoluciones. Porque nos obligan a hacer una pausa y decir "así quisiera ser, así me gustaría ser aún ahora que soy adulto, y sólo dependo de mí para no tener vidas alternativas desarrollándose en un recipiente en refrigerador".
Hoy, esta tarde de domingo, como nunca, volví a pensar en esas promesas que nos hacemos. No tiene que ser 31 de diciembre, 6 de enero o 14 de febrero. Hay veces que sólo estás tú, contigo, y entonces tienes la certeza de tener día a día la posibilidad de ser una mejor versión, o quizá una con menos cafeína y azúcar, o más proteínas y minerales. Pero definitivamente, algo mejor que sólo dejar que el tiempo se sedimente, lentamente, en el fondo de tu cabeza...
La fuerza de Emily Brontë, la ironía de Jorge Ibargüengoitia, la belleza de Julio Cortázar, la sutileza de Bioy Casares. Así es... nada de eso está aquí, pero igual se pueden pasar un rato divertido.
domingo, 24 de febrero de 2013
miércoles, 26 de diciembre de 2012
Buscando cierto orden
Ennumero las estrellas para asegurarme que todo siga en orden. Tengo las puntas de los dedos llenos de constelaciones que no podría nombrar, y que sin embargo, sé que me dan alguna ruta para llegar a tus silencios.
Ah, amor mío. Hay tanta sorpresa acumulada en la piel. Tantos rastros de imaginación que es fácil confundirlos con el futuro; sonreímos al vacío porque se cruza el fantasma de lo que dijimos o dejamos de decir.
Beso a beso recorremos el camino hasta el límite de nuestra razón para enfrentarnos al salto de fe, a la locura del amor, al aleteo de la mariposa rogando por el tornado que nos quite la cordura.
Porque en eso, amor mío, el inglés tiene mayor razón: uno cae, cae en el amor, sin cuerda, sin red, sin ayuda, sin más esperanza que esperar que del otro lado no esté todo lo que nos ha abierto heridas que todavía llevamos, sangre que aún nos rezuma (a veces venganza, a veces gentileza), pero siempre pidiendo un sacrificio que acalle esa voz que nos murmura "esta vez tampoco lo lograrás".
Chocamos como las olas, enfrentamos riscos. Y no nos damos cuenta de nuestra propia valentía hasta que estamos en ese hogar momentáneo de un abrazo que te hace despegar los pies del suelo. El tornado... las estrellas que giran... el mundo que se desordena.
jueves, 6 de diciembre de 2012
Esas noches de secretos e insomnios
Pienso, amor mío, en todo lo que nunca decimos porque no es cortés.
Y no, no hablo de dar los grandes secretos que no nos enorgullecen, y que por alguna compulsiva razón, lanzamos al otro, sin contexto ni mayor historia, sólo porque compartimos una almohada y vemos el mismo cielo raso, con unas grietas que quizá nos recuerdan nuestra propia vulnerabilidad.
Porque, afrontémoslo amor mío, si los ladrillos son capaces de resquebrajarse, si las catedrales se hunden bajo el peso de los años (y quizá también de su santidad), ¿cómo no nos vamos a sentir solos, con nuestros demonios, las sombras que nos acechan en noches sin consuelo? Preguntas que van desde "¿qué haría si nos encontrarámos?, ¿le reclamaría el olvido al que me redujo cuando en la intensidad de ese presente que compartimos juramos que nada, nada nos podría separar?
Ah... la tentación de la otra historia, de la página que no escribimos, del libro que dejamos en el aeropuerto y que no volvimos a adquirir para quedarnos con ese sabor de la historia perdida. ¿Por qué nos deshacemos en sueños de humo? No somos mejores que los gatos que persiguen bichos de luz, cuando el sol se reflejan en las baldosas.
Pero no, amor mío. No quiero compartir secretos porque ni yo misma los recuerdo. Porque nada del pasado es interesante para traerlo a nuestro día.
Pienso en que nunca te digo sobre tu mirada amable, tu sonrisa suave, la línea que va desde tu corazón hasta el mío. Pienso que me gusta verte concentrado, porque te invento un pasado que nada tiene que ver contigo y conmigo; porque dudo mucho que hayas sido pirata o de la caballería rusticana o de la guardia Papal. Y sin embargo, amor mío, hay algo de tu sonrisa que me hace pensar que compartes los secretos del mar, algo de filo en tus labios en los que adivino luchas y lealtades y tesoros defendidos.
Hay tanto qué pensar en las noches de insomnio...
Y no, no hablo de dar los grandes secretos que no nos enorgullecen, y que por alguna compulsiva razón, lanzamos al otro, sin contexto ni mayor historia, sólo porque compartimos una almohada y vemos el mismo cielo raso, con unas grietas que quizá nos recuerdan nuestra propia vulnerabilidad.
Porque, afrontémoslo amor mío, si los ladrillos son capaces de resquebrajarse, si las catedrales se hunden bajo el peso de los años (y quizá también de su santidad), ¿cómo no nos vamos a sentir solos, con nuestros demonios, las sombras que nos acechan en noches sin consuelo? Preguntas que van desde "¿qué haría si nos encontrarámos?, ¿le reclamaría el olvido al que me redujo cuando en la intensidad de ese presente que compartimos juramos que nada, nada nos podría separar?
Ah... la tentación de la otra historia, de la página que no escribimos, del libro que dejamos en el aeropuerto y que no volvimos a adquirir para quedarnos con ese sabor de la historia perdida. ¿Por qué nos deshacemos en sueños de humo? No somos mejores que los gatos que persiguen bichos de luz, cuando el sol se reflejan en las baldosas.
Pero no, amor mío. No quiero compartir secretos porque ni yo misma los recuerdo. Porque nada del pasado es interesante para traerlo a nuestro día.
Pienso en que nunca te digo sobre tu mirada amable, tu sonrisa suave, la línea que va desde tu corazón hasta el mío. Pienso que me gusta verte concentrado, porque te invento un pasado que nada tiene que ver contigo y conmigo; porque dudo mucho que hayas sido pirata o de la caballería rusticana o de la guardia Papal. Y sin embargo, amor mío, hay algo de tu sonrisa que me hace pensar que compartes los secretos del mar, algo de filo en tus labios en los que adivino luchas y lealtades y tesoros defendidos.
Hay tanto qué pensar en las noches de insomnio...
viernes, 30 de noviembre de 2012
Ante el abismo de las preguntas propias
El problema de mi agnosticismo trasnochado es que no tengo toda la certeza del Paraíso, pero sí toda la culpa del Infierno. Desprecias el opio de los pueblos, pero cargas una Virgen de Guadalupe en la cartera. Se te olvida el "Yo Pecador" y eres capaz de recitar párrafos enteros de Esperando a Godot.
Para mi tío Virgilio, el problema es que mis padres no habían sabido qué hacer con tantas mujeres en casa, y después de meternos en escuelas de monjas, se arrepintieron y pasamos a tutores personales y de ahí, a la UNAM.
Creo que por eso todas siempre estamos con ese aire de maizal seco: una desolación que no alcanza a ser pintoresca y sólo es ligeramente triste, cuando te das cuenta que se confunde con el ocre de la tierra.
Ni fuimos guerrilleras ni tampoco santas. Ninguna cargamos rosarios entre los dedos, ni decimos con esa suave voz que tenía mi abuela "Torre de David..." A todas nos rompieron el corazón aquellos que a los 20 años eran liberales a ultranza para terminar casados por la iglesia y persignarse cada vez que pasan enfrente de una cruz.
Es difícil conciliar las preguntas con la vida diaria. Uno pide un milagro. Y a veces, cuando lo recibes... no sabes exactamente qué hacer ante él.
Para mi tío Virgilio, el problema es que mis padres no habían sabido qué hacer con tantas mujeres en casa, y después de meternos en escuelas de monjas, se arrepintieron y pasamos a tutores personales y de ahí, a la UNAM.
Creo que por eso todas siempre estamos con ese aire de maizal seco: una desolación que no alcanza a ser pintoresca y sólo es ligeramente triste, cuando te das cuenta que se confunde con el ocre de la tierra.
Ni fuimos guerrilleras ni tampoco santas. Ninguna cargamos rosarios entre los dedos, ni decimos con esa suave voz que tenía mi abuela "Torre de David..." A todas nos rompieron el corazón aquellos que a los 20 años eran liberales a ultranza para terminar casados por la iglesia y persignarse cada vez que pasan enfrente de una cruz.
Es difícil conciliar las preguntas con la vida diaria. Uno pide un milagro. Y a veces, cuando lo recibes... no sabes exactamente qué hacer ante él.
jueves, 11 de octubre de 2012
Cuando una cosa es otra cosa
El problema real es saber determinar si uno es raro, excéntrico o aplica para ese fino lugar de contención que es el hospital psiquiátrico.
Mi tía Esfrotina, sin ir más lejos: para ella la comodidad misma es ir por la vida con el cabello recogido en un modesto chongo, el cual tiene la particularidad de ser también nido de Pinocho, su periquito verde que de puro pasmo, nunca ha dicho una sola palabra, pero tampoco vuela, así que ve el mundo desde lo alto de la cabeza de mi parienta.
¿Esto es excéntrico? No, definitivamente "son visiones". Aunque, todos seguimos el mudo ejemplo de Pinocho y todavía nadie tiene la valentía para decirle a Esfrotina: "Ay, quítate ese animalejo de ahí, que nomás estás dando vergüenzas".
En otro extremo mi tío Osofronio (el mayor, como canción de Chava Flores). A él le encanta decir a cuanta alma viviente le presentan que prefiere aguantar 14 horas de carretera antes que subirse a un avión, esos inventos modernos que se hicieron para estafar gente y para hacernos creer que todo está lejos.
¿Excentricidad? Tampoco. Más bien es su perenne pereza de moverse del sillón donde sí es capaz de estar 14 horas viendo televisión, comiendo cacahuates y espantando a sus nietos.
Mi papá, que está a dos pasos de ser un alma santificada, cree que la excentricidad sólo puede ser de los ricos, quienes son capaces de inventar cosas rarísimas, como pegarle a una pelotita desde un caballo, tratar de meter un gol con medio cuerpo en el agua, o comer ostras rociadas con polvo de diamante; él que va buscando encontrar un billete tirado en la calle, y cuando la fortuna le sonríe, se desconcierta, lo recoge y piensa qué le va a quitar la vida por darle gratis esos 100 pesos abandonados en la banqueta.
Mi tía Esfrotina, sin ir más lejos: para ella la comodidad misma es ir por la vida con el cabello recogido en un modesto chongo, el cual tiene la particularidad de ser también nido de Pinocho, su periquito verde que de puro pasmo, nunca ha dicho una sola palabra, pero tampoco vuela, así que ve el mundo desde lo alto de la cabeza de mi parienta.
¿Esto es excéntrico? No, definitivamente "son visiones". Aunque, todos seguimos el mudo ejemplo de Pinocho y todavía nadie tiene la valentía para decirle a Esfrotina: "Ay, quítate ese animalejo de ahí, que nomás estás dando vergüenzas".
En otro extremo mi tío Osofronio (el mayor, como canción de Chava Flores). A él le encanta decir a cuanta alma viviente le presentan que prefiere aguantar 14 horas de carretera antes que subirse a un avión, esos inventos modernos que se hicieron para estafar gente y para hacernos creer que todo está lejos.
¿Excentricidad? Tampoco. Más bien es su perenne pereza de moverse del sillón donde sí es capaz de estar 14 horas viendo televisión, comiendo cacahuates y espantando a sus nietos.
Mi papá, que está a dos pasos de ser un alma santificada, cree que la excentricidad sólo puede ser de los ricos, quienes son capaces de inventar cosas rarísimas, como pegarle a una pelotita desde un caballo, tratar de meter un gol con medio cuerpo en el agua, o comer ostras rociadas con polvo de diamante; él que va buscando encontrar un billete tirado en la calle, y cuando la fortuna le sonríe, se desconcierta, lo recoge y piensa qué le va a quitar la vida por darle gratis esos 100 pesos abandonados en la banqueta.
lunes, 24 de septiembre de 2012
Conocerás gente... dicen...
Tengo dudas que me quitan el sueño, (también tengo deudas, pero eso es harina de otro costal). Mi primera duda: ¿a todos los solteros del mundo nos dicen "es que tienes que conocer gente"?, ¿sólo a mí me parece el peor de los consejos? Porque entonces sólo sería cosa de ir al metro Tacubaya, la fila para entrar al Museo de Antropología cualquier domingo o comprar jitomates en la Central de Abasto.
Hay gente que debería conocer y no lo hago... mi diputado local por ejemplo. Ni siquiera fue a estrechar manos, acariciar perros o besar niños cuando quería nuestro voto. Mucho menos lo veré ahora, que ya está cómodamente instalado en su curul. Y hay gente que he conocido a quien me encantaría borrar a través de una lobotomía con crayón (azul) de mi memoria.
Hay gente con quien no tengo la menor afinidad y gente a quien he amado profundamente y tuvo el mal gusto de vivir en otro siglo, estar en otro continente o casarse con otra.
Ahora, supongamos que uno se arma de valor, paciencia y sale al mundo dispuesto a "conocer gente". Hay pequeñísimos detalles a considerar: la regla de oro indica que todos aquellos hombres que nos parecen guapos, atractivos y simpáticos, ya están comprometidos. Es la regla del perrito fino: siempre tienen dueño.
Si por alguna razón está solo, viene la segunda sospecha: se está divorciando, nos dirá que es soltero y luego nos enteraremos que es casado o simplemente no usa anillo porque no le da la gana.
Supongamos, para seguir con el argumento: hacemos contacto visual, ser humano parece un ser decente, nos acercamos... ¿de verdad?, ¿en esta ciudad? A mi se me acercan a decirme "qué bonitos ojos tienes" cuando yo tengo la mano en el gas mostaza que traigo en la bolsa de mi saco.
Sigamos diciendo en este ejercicio de improvisación que a todo le decimos que sí. Y que fulanito dice "qué bonitos ojos tienes" y yo acepto piropo. "¿Cómo te llamas?" La tentación de contestar "María del Sagrado Corazón de todos los Santos, tengo un hermano que trabaja en el CISEN y mi papá es militar" es demasiado fuerte.
Tendré que confiar en el destino.
Hay gente que debería conocer y no lo hago... mi diputado local por ejemplo. Ni siquiera fue a estrechar manos, acariciar perros o besar niños cuando quería nuestro voto. Mucho menos lo veré ahora, que ya está cómodamente instalado en su curul. Y hay gente que he conocido a quien me encantaría borrar a través de una lobotomía con crayón (azul) de mi memoria.
Hay gente con quien no tengo la menor afinidad y gente a quien he amado profundamente y tuvo el mal gusto de vivir en otro siglo, estar en otro continente o casarse con otra.
Ahora, supongamos que uno se arma de valor, paciencia y sale al mundo dispuesto a "conocer gente". Hay pequeñísimos detalles a considerar: la regla de oro indica que todos aquellos hombres que nos parecen guapos, atractivos y simpáticos, ya están comprometidos. Es la regla del perrito fino: siempre tienen dueño.
Si por alguna razón está solo, viene la segunda sospecha: se está divorciando, nos dirá que es soltero y luego nos enteraremos que es casado o simplemente no usa anillo porque no le da la gana.
Supongamos, para seguir con el argumento: hacemos contacto visual, ser humano parece un ser decente, nos acercamos... ¿de verdad?, ¿en esta ciudad? A mi se me acercan a decirme "qué bonitos ojos tienes" cuando yo tengo la mano en el gas mostaza que traigo en la bolsa de mi saco.
Sigamos diciendo en este ejercicio de improvisación que a todo le decimos que sí. Y que fulanito dice "qué bonitos ojos tienes" y yo acepto piropo. "¿Cómo te llamas?" La tentación de contestar "María del Sagrado Corazón de todos los Santos, tengo un hermano que trabaja en el CISEN y mi papá es militar" es demasiado fuerte.
Tendré que confiar en el destino.
viernes, 7 de septiembre de 2012
El enamoramiento y la confusión eterna
Para mi tía Elpidia, el problema del enamoramiento es que uno vive en la confusión eterna. "Ay mijita, es como cuando no sabes si te gusta el cilantro o el perejil, no sabes dónde están las llaves, si dejaste cerrado el candado, si el reloj marcaban las 4 ó las 9 cuando te fuiste a dormir; porque todo el santo día estás con el nombre de otro en tus labios, en vez de saber qué quieres tú".
A mí me parecía un poco raro. Y un poco cínico. Pero yo era mucho más rara y cínica que cualquiera de mi familia. Después de todo, mi papá me había dejado en un internado laico donde nos hacían aprendernos las lecciones de Spinoza y Leibinitz con la misma disciplina con quienes mis amiguitas rezaban el padre nuestro; y mi madre consideraba que la única lucha que valía la pena era la de la igualidad ante la Ley.
Así que a mí el amor me parecía más una invención que un sentimiento, hasta que --claro-- me enamoré.
Y entonces, andaba como iluminada, como ida por los pasillos. Con la vergüenza de que no era pura mente lo que me dominaba. Y miren que yo era capaz de poner ojos de borrego y susurrar "te amo con toda la fuerza del colón trasversal, porque sólo tú lo haces contraerse hasta que siento que no puedo respirar" (para que luego digan que me falta correción anatómica).
¿Qué podía hacer? Como todos mis romances, aquel rayo que yo esperaba me dejara marcada para siempre, me condujera al feliz Topus Uranus, me abriera una nueva relación con el universo, me dejó el ego maltrecho y unas enormes ojeras violetas que me hacían ver todavía más desesperanzada.
Como todos los que tenemos mal de amores, me refugié en las palabras. Las que decimos con tanta convicción que hasta los borrachos las usan: "nunca volveré a pasar por esto".
"Ay mijita...", me dijo mi tía, pasándome su mano huesuda por mis pelitos de elote, "¿Nunca te has preguntado por qué los poetas siempre dicen que la fuerza del amor, del deseo, de la carne, del otro es como un volcán, un tornado, un maremoto, un sismo... es decir... puro desastre? Y siempre, hija, siempre hay heridos y hasta muertos".
Yo no tenía ganas de reírme, por lo que lloré un buen rato.
"Lo bueno, mijita", agregó Elpidia con su tono suave y su piel que me recordaba las flores de manzanilla, "es que sepas que con todo y el desastre, es una fuerza natural. Te hace habitante de este mundo".
Si por mi fuera... pondría a mi tía en la enciclopedia Universal. Al menos ella me recordó que quizá sea cierto lo del colón transverso, pero siempre es más bonito decir "siento mariposas en el estómago".
A mí me parecía un poco raro. Y un poco cínico. Pero yo era mucho más rara y cínica que cualquiera de mi familia. Después de todo, mi papá me había dejado en un internado laico donde nos hacían aprendernos las lecciones de Spinoza y Leibinitz con la misma disciplina con quienes mis amiguitas rezaban el padre nuestro; y mi madre consideraba que la única lucha que valía la pena era la de la igualidad ante la Ley.
Así que a mí el amor me parecía más una invención que un sentimiento, hasta que --claro-- me enamoré.
Y entonces, andaba como iluminada, como ida por los pasillos. Con la vergüenza de que no era pura mente lo que me dominaba. Y miren que yo era capaz de poner ojos de borrego y susurrar "te amo con toda la fuerza del colón trasversal, porque sólo tú lo haces contraerse hasta que siento que no puedo respirar" (para que luego digan que me falta correción anatómica).
¿Qué podía hacer? Como todos mis romances, aquel rayo que yo esperaba me dejara marcada para siempre, me condujera al feliz Topus Uranus, me abriera una nueva relación con el universo, me dejó el ego maltrecho y unas enormes ojeras violetas que me hacían ver todavía más desesperanzada.
Como todos los que tenemos mal de amores, me refugié en las palabras. Las que decimos con tanta convicción que hasta los borrachos las usan: "nunca volveré a pasar por esto".
"Ay mijita...", me dijo mi tía, pasándome su mano huesuda por mis pelitos de elote, "¿Nunca te has preguntado por qué los poetas siempre dicen que la fuerza del amor, del deseo, de la carne, del otro es como un volcán, un tornado, un maremoto, un sismo... es decir... puro desastre? Y siempre, hija, siempre hay heridos y hasta muertos".
Yo no tenía ganas de reírme, por lo que lloré un buen rato.
"Lo bueno, mijita", agregó Elpidia con su tono suave y su piel que me recordaba las flores de manzanilla, "es que sepas que con todo y el desastre, es una fuerza natural. Te hace habitante de este mundo".
Si por mi fuera... pondría a mi tía en la enciclopedia Universal. Al menos ella me recordó que quizá sea cierto lo del colón transverso, pero siempre es más bonito decir "siento mariposas en el estómago".
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